—Estás en un error; los braceros odian por igual a todo el que no se ensucia las manos. Hace poco tiempo en Jerez los obreros del campo entraron una noche en la ciudad y durante algunas horas fueron dueños de ella. Tropezaron en la calle con un pobre joven que llevaba guantes y le asesinaron por ese delito. No hay justicia en las masas, sino pasión. Su odio a los ricos está fundado en la envidia y si prevaleciese sería la ruina de la civilización. ¿Qué es el género humano en suma? ¿Una raza de animales que nacen y se agitan algunos días y se esfuerzan por nutrirse cada vez mejor? En ese caso no hay duda que la civilización industrial nos basta. Pero si somos algo más, si no son mentiras nuestras aspiraciones espirituales y el fin de este universo enigmático es adquirir una más amplia conciencia de sí mismo, en ese caso precisa que existan la ciencia especulativa y las artes bellas, que jamás han aparecido en nuestro planeta sino acompañadas de la riqueza. El arte exige que vivan en nuestro mundo algunos hombres substraídos a la necesidad de buscarse el alimento, porque el arte en su esencia no es más que una tregua que nuestro cuerpo se impone para gozar del espectáculo del universo. Si no tuviésemos tiempo, como los carneros, a levantar la cabeza, seríamos iguales a ellos. Supongamos que nuestra humanidad se extinguiese y viniera de otro astro un habitante a escribir el resumen de su historia. ¿Imaginas que concedería menos importancia a Atenas que a Chicago? Yo no creo que los ricos han salido de la cabeza de Brama y los pobres de los pies, pero sí estoy seguro de que deben existir pobres y ricos. Y, aunque te parezca paradójico, creo que deben existir hombres ociosos. Los hombres ociosos son los que pueden cultivar libremente su espíritu y embellecer su cuerpo, ofreciendo a nuestras miradas un ideal humano hacia el cual todos debemos tender.
—Siento mucho no poder seguirte en ese camino—le respondí—. Por lo que entiendo, opinas que la humanidad es un rebaño guiado por algunos pastores que benefician su carne y su leche para nutrirse y sus pieles para vestirse. La sociedad ideal es la de Atenas, donde sesenta mil esclavos trabajaban para ocho mil ciudadanos. Yo creo que todos los hombres son iguales ante Dios y ante la Naturaleza.
—Lo primero podrá ser cierto; lo segundo, no. La Naturaleza no hará jamás dos cosas iguales, porque coincidirían en el espacio y el tiempo; por lo tanto, no serían dos cosas, sino una. La teoría igualitaria se apoya en un absurdo físico y en otro metafísico. Las facultades espirituales y corporales de cada hombre son y serán siempre distintas: la suma de sus goces y sus dolores variará infinitamente. Si los hombres destinados a llevarla dejasen caer de sus manos la antorcha de la civilización, las masas darían pronto buena cuenta de ella. Las masas deben ser dirigidas, educadas, castigadas y, si hace falta, deben ser trituradas y fundidas...
—¡Y sin embargo, querido Martín, esas masas se componen de hombres que llevan en su pecho un alma espiritual como tú y como yo!
—Perfectamente; pero las almas son distintas también como los cuerpos. En la mayoría de los hombres no es más que un germen que permanece sofocado hasta la muerte por montañas de apetitos bestiales. Si se desarrolla y crece, sea enhorabuena. Cuando a un hombre le nacen las alas, yo me inclino. Pero bajar la cabeza delante de un montón de brutos, eso no lo haré jamás... Entre las cosas ridículas que ha traído consigo el siglo en que vivimos, una de las mayores es esa admiración sentimental hacia las clases obreras, fomentada por filósofos y novelistas. No hace mucho leía yo la obra más reciente de un ruso muy famoso. Cuenta en ella que hastiado de vivir en el llamado «gran mundo», donde no había hallado más que frivolidad y concupiscencia, acertó a tropezar un día con una cuadrilla de segadores de rostros curtidos y manos callosas. «¡Este es el verdadero gran mundo!», exclama enternecido. Y acto continuo se dispara contra las clases elegantes y se postra ante aquellos rudos trabajadores del campo. Otro filósofo americano, a quien antes había leído, cuenta parecidamente que hallándose en Viena, vió entrar de madrugada en la ciudad una muchedumbre de aldeanas viejas y jóvenes, todas curtidas por la intemperie, llevando en sus cestas la leche, los huevos, las frutas y las legumbres para la capital. Enternecido también exclama: «¡Estos son los verdaderos pilares del mundo!» Poco le falta para doblar la rodilla y besar aquellas manos ennegrecidas y deformadas por el trabajo... Entendámonos, amigo mío. Todo esto es muy sentimental, muy literario, pero no tiene sentido común. Concibo que esos rudos trabajadores inspiren compasión a todos los hombres buenos y sensibles, pero admiración ¿por qué? Sólo debe admirarse lo que es meritorio, y sólo es meritorio lo que es libre. ¿Por ventura esos segadores van a cortar las mieses espontáneamente por hacer un bien a sus semejantes, y las aldeanas austriacas llevan sus mercancías a la ciudad para que no mueran de hambre sus habitantes? No; trabajan hostigadas por la necesidad. Si no lo hiciesen, perecerían inmediatamente. ¿Qué mérito tiene, pues, su trabajo?... Por lo demás, acércate un poco a esos rudos obreros, ponte en relación con ellos, estudia su carácter y sus costumbres y verás cuánto egoísmo, cuánta envidia, cuánta crueldad acompañan a su ignorancia. Los novelistas hoy idealizan a los obreros; ayer idealizaban a los pastores. Tan verdad es la virtud de los unos como la belleza de los otros.
Hablaba Pérez de Vargas con exaltación colérica que me sorprendió, pues le suponía muy distante de las ideas reaccionarias y autoritarias que expresaba. Calló unos momentos y continuamos en silencio nuestro paseo. Al cabo, deteniéndose repentinamente y poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo:
—Adivino que te hallas sorprendido y tal vez contrariado por lo que acabo de decirte. Mis convicciones, sin embargo, no están fundadas en razonamientos abstractos, sino en la observación y la experiencia... Voy a contarte algo que no he comunicado hasta ahora a nadie más que a mi mujer. Voy a contarte lo que me ha sucedido en el tiempo en que he estado loco.
—¡Hombre, loco no!
—¡Sí, sí! loco de atar... Ya verás... No debo ocultarte que mi locura fué resultado necesario de una idea fija que me acometió súbitamente y que nada tiene de altruísta. Imaginé que, habiendo llovido sobre mí en tan corto tiempo tal número de prosperidades, fatalmente había de concluir todo por una gran catástrofe para dar satisfacción a la fuerza encargada de equilibrar el destino de los hombres. Yo creía entonces en el Destino; leía con ansiedad a los trágicos griegos y me parecía evidente que ningún hombre puede ser feliz hasta el fin de su vida sin hacer sacrificios a las fatales euménidas. Comencé a sentir una viva inquietud que pronto se convirtió en verdadero terror. Vivía en un horrible estado de agitación y vigilancia, haciéndome todo ojos y oídos para espiar los pasos de la desgracia. Por aquel tiempo cayeron en mis manos algunas novelas rusas que no poco ayudaron a trastornarme. Tú las conoces y sabes que se agita en ellas una humanidad inquieta, dolorida, víctima de una sensibilidad enfermiza.
»Como tal estado de inquietud se compadecía perfectamente con el mío, pensé que tenía el mismo origen: el miedo y la compasión. Y así es en efecto. Pero el miedo y la compasión en los escritores rusos procede de un desequilibrio social, no individual como lo era el mío. Si Tolstoi y Dostoiesky hubiesen nacido en un país libre como Inglaterra, es más que probable que no verían a las clases trabajadoras al través de un velo poético.