»De todos modos yo los vi así por su causa. Me sentí acometido de un amor infinito por los obreros y de un desprecio también infinito por los ricos. Como consecuencia de esto comencé a despreciarme a mí mismo.

»Es difícil, como supondrás, que un hombre sufra largo tiempo el desprecio de sí mismo sin que haga esfuerzos por rehabilitarse. Yo los hice tímidamente al principio apartándome de la ostentación, simplificando mi género de vida, reduciendo mis necesidades. Después, como no me tranquilizase, me entregué a una serie de ridiculeces que tú conocerás en parte y que no te cuento por menudo porque aun hoy su memoria me ruboriza. Por la pendiente de la extravagancia se llega pronto a la locura. Yo estoy seguro de haberme internado en ella. ¿Cómo se me ocurrió la idea de abandonar mi casa y a mi pobre esposa para lanzarme en busca de aventuras santificantes? No te lo puedo explicar porque, repito, que estaba loco.

»Heme aquí, pues, una mañana disfrazado de obrero con mi blusa de dril azul, boina y alpargatas, llevando al hombro un morralito con algunas groseras camisas y calzoncillos. Tomo el tren en un coche de tercera y al cabo de doscientos kilómetros, poco más o menos, me bajo de él y comienzo a caminar por los campos a la ventura. No imagino que Don Quijote fuese más gozoso que yo en su primera y heroica salida. Respiraba a grandes bocanadas el aire oxigenado de la campiña y con él entraba en mi alma la paz y la dicha. Me creía en el pináculo de la santidad. Me sentía unido fraternalmente a todos los pobres obreros y cada vez que tropezaba con uno en mi camino me apetecía colgarme a su cuello y besarle.

»Pero era necesario compartir su vida y sufrimientos. Al efecto principié a ofrecerme como trabajador a los labriegos que hallaba en el camino cultivando sus campos. Mis ofertas no obtuvieron éxito satisfactorio. Esto comenzó a enfriar mi entusiasmo. Los campesinos me miraban atenta y recelosamente y bajaban después la cabeza gruñendo un no indiferente.

»Al fin, cerca ya de un pueblo de cuyo nombre, como Cervantes, no quisiera tampoco acordarme, tropecé con una casa de señorial aspecto, mitad palacio, mitad granja. Estaba rodeada de hermosas huertas regadas por algunas norias de moderna invención. Había también un jardín con muchas y variadas flores, cuadras, establos, cocheras y una gran calle de robles que conducía a su entrada principal. La puerta enrejada de hierro se hallaba entreabierta y me colé por ella; pero antes de llegar a la casa me salió al encuentro un criado, que en la forma más ruda posible me preguntó:

—¿Dónde va usted?

—Soy un jornalero que busca trabajo.

—¿Y se entra usted por las casas de rondón sin tirar de la campana?... Lo que me parece usted un vagabundo que intenta aprovecharse. ¡Ya se está usted largando de aquí!

Y a empellones comenzó a empujarme hacia la puerta.

—No he visto la campana.