—Lo que usted no ve es lo que no quiere... ¡Fuera, fuera!

—¿Qué es eso, Jaime?—preguntó una voz que salía de entre los árboles.

—Un vagabundo que se ha colado aprovechando que la puerta no estaba cerrada por completo.

Por una calle lateral apareció un caballero anciano, alto, delgado, con los cabellos enteramente blancos ya. Fijó en mí por un instante sus ojos y volviéndose airado hacia el criado le dijo:

—Sea quien sea este hombre, no se arroja a un semejante nuestro como a un perro. Ya te he dicho repetidas veces que guardes más consideración a las personas que llegan a mi casa.

—¡Pero, señor Marqués, éste no es una persona!—exclamó el criado con toda su alma.

Su señor le miró estupefacto; pasó por sus ojos un relámpago de cólera. Al fin, soltando una carcajada, exclamó:

—¡Jaime, por los clavos de Cristo, no seas tan animal!

Y volviéndose a mí con expresión benévola me preguntó:

—¿Qué desea usted, buen hombre?