—Señor Marqués—le respondí dándole ya el tratamiento que había oído—, soy un pobre trabajador que desea colocarse.
El Marqués me examinó durante unos segundos y me preguntó con la misma afabilidad:
—¿Tiene usted algún oficio?
—No, señor; deseo trabajar en cualquier cosa, aunque el jornal sea pequeño con tal de que pueda vivir.
—¿Tiene usted mujer e hijos?
—No, señor; soy solo.
Quedó un momento pensativo y dijo al cabo:
—Está bien. En este momento se halla completa la servidumbre de esta casa y como usted no es labrador no puedo enviarle a las tierras. Pero dentro de pocos días se marcha al servicio militar el hijo del jardinero y éste tiene necesidad de un peón que le ayude. Si a usted le conviene puede quedarse. El jornal es pequeño: dos pesetas; pero tiene usted cuarto para dormir; y como es usted solo y los víveres no son aquí caros, podrá usted arreglarse.
»Acepté inmediatamente y di comienzo con alegría a las humildes tareas que en mi opinión iban a regenerarme, a darme la tranquilidad de alma de que me hallaba tan necesitado.
»El marqués de T... es un rico propietario que habita ocho meses del año en sus tierras y cuatro en Sevilla. No tiene hijos; vive con su esposa, que es tan anciana como él. Los dos viejecitos, amables, bondadosos, se adoran como si en vez de cuarenta años no hiciera más que dos meses que se hubiesen casado. Son una reproducción más de Filemón y Baucis, los hospitalarios esposos que recibieron a Júpiter en su casa cuando todos los habitantes del país le habían rechazado.