»Yo no era Júpiter; pero al cabo de algunos días el Marqués reconoció mi divinidad. Una mañana me llamó a su despacho y me dijo sonriendo bondadosamente:

—Amigo Martín, usted no es lo que parece. Ni sus manos demasiado delicadas, ni sus modales son los de un obrero. Confiésese usted conmigo y dígame francamente cómo ha llegado a situación tan precaria.

»Yo, que tenía preparada una historia para cualquier evento, se la espeté sin vacilar. Le conté cómo había quedado en la miseria a consecuencia de una serie de desgracias, fortuitas unas, engendradas otras por mis faltas. Creyó cuanto le dije, y desde entonces me guardó inusitadas consideraciones.

»Esto me acarreó inmediatamente la envidia y la aversión de los demás sirvientes. Había muchos en la casa, porque el Marqués tenía una gran labranza. No tardé en advertir que allí todo el mundo se aprovechaba de la bondad y negligencia de los amos.

»Era una cueva de ladrones. El cochero se hacía rico a costa de la cebada y la paja de los caballos, comprando el silencio del lacayo y del mozo de cuadra con fuertes propinas. Los pastores mataban las reses y fingían que habían muerto de enfermedad, vendiéndolas al carnicero. El mozo de comedor escamoteaba las botellas de vino y las cedía a mitad de precio a un tabernero del pueblo. La doncella manchaba los vestidos de la señora para que se los regalase. El jardinero vendía a escondidas grandes cestas de frutas y legumbres. Y del cocinero huelga decir que se hallaba en connivencia con todos los abastecedores de la villa.

»Cualquiera podría imaginar que aquellos canallas estarían agradecidos a la generosidad de los marqueses y a la consideración y afecto con que se les trataba. Nada de eso. Los detestaban cordialmente. Jamás los llamaban entre sí por sus nombres, sino por un mote ridículo. La marquesa era la Pelucona, porque gastaba peluca; el marqués, Bragas rotas, porque solían bajársele los pantalones.

»Como no participé de aquel odio brutal e injustificado, se me declaró inmediatamente la guerra; se me supuso un adulador que trataba de medrar. No puedes figurarte la serie de ruindades que ya desde un principio tuve que sufrir por parte de aquellos miserables. Se me hablaba con el mayor desprecio; me llamaban en la casa el marqués de las alpargatas; se me arrojaba agua sucia desde el balcón; se me engañaba enviándome a recados que nadie había ordenado...

»Aquella vida nada tenía de idílica. Pronto se convirtió en trágica. Una tarde sorprendí al jardinero detrás del muro de la huerta vendiendo una cesta de fruta. En el momento de aparecer yo la compradora le entregaba el precio. A mi vista se turbó un poco, pero reponiéndose instantáneamente me dijo con forzada sonrisa:

—¡Llegas a tiempo, pillo! Tienes buen olfato. Toma, para que bebas un trago a la salud de esta buena mujer.

Y me alargó una peseta.