—Guárdese usted eso, que yo no quiero más dinero que lo que he ganado honradamente—le respondí rojo de cólera.
»Él también se puso colorado. Calló y me dirigió una mirada de través; una mirada tan maligna, que la sentí como una puñalada.
»Aquella tarde me enviaron con un recado a la villa. Era ya cerca del anochecer. Cuando regresé, noche cerrada. Al atravesar por una callejuela entre paredillas guarnecidas de zarzamora me descerrajaron un tiro que no hizo blanco. Me asusté mucho, como puedes figurarte; pero reflexionando después comprendí que aquello no era un asesinato frustrado, sino una advertencia. Me di por enterado, y al día siguiente me presenté al Marqués solicitando mi cuenta y despidiéndome. Escribió el vale para el administrador y me lo entregó silenciosamente con una sonrisa burlona que me hizo adivinar lo que en aquel momento pensaba de mí. «Este es un gandul de nacimiento—debió decirse—que no puede estar tranquilo en parte alguna porque le duele el trabajo.»
»No quise sacarle de su error: hubiera sido difícil y peligroso. Salí de su casa y tomé el tren para Sevilla, que no distaba muchas leguas.
»Como comprenderás, aquella mi primera y heroica salida me dejó tan malparado y mohíno como a Don Quijote la aventura de los molinos de viento. Sin embargo, no tardé en recobrarme. Estos miserables que acabo de dejar—me dije mientras el tren corría por los campos de Andalucía—no son obreros, sino domésticos, esto es, hombres a quienes la servidumbre ha degradado; participan de la vileza del esclavo. Los verdaderos obreros son hombres libres y por lo mismo dignos. Entre ellos quiero vivir.
»Así que llegué a Sevilla me puse a buscar a estos hombres libres y dignos. Pasando por delante de una casa en construcción vi a un sujeto que daba órdenes a los albañiles y suponiendo fundadamente que era el director o encargado de la obra me acerqué a él y le pedí trabajo. Inmediatamente me lo otorgó y no sólo a mí, sino también a otro pobre diablo que detrás de mí se presentó.
»Me puse a trabajar como peón y no tardé en observar que se me recibía por parte de los demás obreros con manifiesta hostilidad. Entablé conversación con mi nuevo compañero, a quien hallé más benévolo, y me enteró de que era un desgraciado con cinco hijos que había venido de su pueblo a Sevilla bajo la promesa que le hiciera un magnate de colocarle como agente de Orden público. La promesa se difería de una semana para otra y sus recursos habían terminado. Para no fenecer de hambre él y sus hijos ínterin se colocaba, vióse obligado, aunque había sido sargento del ejército, a emplearse en un trabajo tan ruin.
»Al día siguiente vinieron otros dos jornaleros solicitando trabajo y se lo concedieron igualmente. Al otro se presentaron dos más y también se quedaron. Entonces observé señales de agitación en los antiguos: hablaban entre sí con ademanes violentos; nos dirigían miradas iracundas. Por último a la hora de dejar el trabajo, se presentó una Comisión de ellos al encargado solicitando que se nos despidiera a los nuevos «porque no estábamos asociados». El director respondió cortésmente, según me enteré después, que a causa de las muchas obras que había en Sevilla a la sazón los peones asociados pretendían cincuenta céntimos más de jornal y que no estaba dispuesto a someterse a esta exigencia.
»Transcurrieron otros tres días y vi a los antiguos obreros cada vez más desabridos con nosotros. De nuevo se dirigieron al encargado, esta vez en actitud amenazadora, intimándole casi la orden de que nos despidiese inmediatamente. El encargado volvió a responderles con las mismas corteses razones; pero como no bastasen a convencerles terminó por encolerizarse y decirles algunas palabras ásperas. La Comisión se retiró enfurecida y comunicó la respuesta a sus compañeros que igualmente montaron en cólera y no se ocultaron ya para vociferar y amenazar con la huelga.
»Sin embargo, se presentaron al trabajo en la mañana siguiente, y, con sorpresa mía, aparecieron risueños, charlando entre sí alegremente, cambiando algunas palabras embozadas que, a no dudarlo, iban contra nosotros. De vez en cuando nos dirigían miradas burlonas y se hacían guiños maliciosos. Nada bueno auguraba esta actitud. En efecto, media hora después de la entrada al trabajo y cuando circulaba aún muy poca gente por las calles, aparecieron de improviso seis u ocho obreros empuñando formidables garrotes. Sin dar un grito ni pronunciar palabra se arrojaron sobre nosotros. Antes de caer al suelo pude observar que los antiguos nos designaban con el dedo para que no se equivocasen.