»Fué una verdadera caza de ratones. Los que pudimos nos refugiamos debajo de los andamios, pero los antiguos nos echaban ladrillos encima como quien aplasta cucarachas. Cuando nos dejaron medio muertos se retiraron sin estorbo alguno. Ningún guardia se presentó por allí hasta pasado algún tiempo. Nos recogieron y nos transportaron al hospital. Yo llevaba dos costillas rotas y varias contusiones de importancia; pero el pobre sargento, mi compañero, iba moribundo y falleció a mi lado pocas horas después. En su agonía no cesaba de murmurar: «—¡Pobres hijos!, ¡pobres hijos míos!» Me volví hacia él y le dije: «—Pierde cuidado, si vivo yo me encargo de tus hijos.» «—Gracias, gracias por tu buena voluntad»—murmuró sonriendo tristemente. En efecto, ¿qué otra cosa más que buena voluntad podía ofrecer un hombre tan desdichado como él? ¡Oh si pudiese adivinar que sus niños estarían muy pronto en un colegio educados como los hijos de los más grandes señores!...»
Calló unos instantes Pérez de Vargas. Observé que el recuerdo de esta triste aventura le había agitado. Yo también estaba conmovido. Al cabo profirió sonriendo con amargura:
—¡Aquellos hombres libres, aquellos dignos obreros nos aplastaban como animales inmundos por el delito de ganar un pedazo de pan con el sudor de nuestra frente!...
Y cambiando bruscamente de tono me dijo con indiferencia:
—¿No te parece que la tarde ha refrescado? Opino que debemos meternos en el coche. Te dejaré en tu casa.
—En mi casa, no. Déjame en el Suizo.
—Vuelta, y para delante del café Suizo—ordenó al lacayo mientras éste cerraba la portezuela.
Hablamos de cosas indiferentes. Sin embargo, yo estaba distraído y preocupado. Al cabo no pude menos de decirle:
—Perdóname que insista sobre un asunto que debe de ser para ti penoso. No me explico cómo después de las aventuras que acabas de narrarme y que han despertado en ti un justificado desprecio hacia la clase jornalera, te preocupas tanto de ella. Es verdaderamente admirable tu generosidad.
—Nada tiene de admirable—contestó riendo—. Yo estoy persuadido de que Sócrates tenía razón cuando afirmaba que el que obra mal no lo hace creyendo que es mal, sino bien, o lo que es igual, que la maldad no significa otra cosa que falta de discernimiento. Instruír a los hombres es hacerlos mejores. Por eso, más que de curar sus llagas físicas fundando hospitales y asilos, dedico mis esfuerzos como hombre público al cuidado de las escuelas y cuanto dinero puedo gastar a la creación de centros de cultura. Que estén enfermos y se mueran es cosa secundaria. Otros vendrán a reemplazarlos. Pero que siga imperando en el mundo el odio y la barbarie subleva mi corazón y despierta mi actividad. La lucecita de bondad y de justicia que alumbra débilmente a nuestra sociedad es lo único interesante de ella. ¿Qué importan los refinamientos de nuestras máquinas si el corazón del maquinista sigue siendo infame? Llegará un día en que estas máquinas servirán de garras y de dientes para destrozarnos los unos a los otros. El esfuerzo moral, la especulación metafísica, la ciencia teórica, el arte, la poesía, he aquí el fin verdadero de los efímeros mortales. El hombre no ha nacido para nutrirse, vestirse y regalar su cuerpo, sino para asomar un instante su cabeza en el mundo de las ideas.