—¿Y caer después en la nada?
—Ningún sér puede caer en la nada, decía el gran Spinosa... Así lo creo yo... Y después de todo, ¿qué? Más valen unos instantes de conciencia perfecta que una eternidad de inconsciencia bestial. El amor y la belleza pesan más en la balanza del universo que el sueño eterno de las fuerzas físicas.
—¿Cuál es el criterio para admitir esa superioridad?
—No existe. Los criterios son fórmulas, invenciones de nuestro sistema cerebral. Sabemos que el amor vale más que el odio, que la conciencia es superior a la inconsciencia, como sabemos al despertar que ya no dormimos.
Guardamos silencio. El carruaje rodaba ya por las calles, que en aquella hora rebosaban de gente y animación.
—¿A que no sabes—me dijo repentinamente poniéndome una mano sobre la rodilla—qué es lo que yo busco ocupándome tanto de la instrucción popular?
—Si no me lo dices...
—Pues busco un hombre. Estoy convencido, como te he dicho, de que las masas son despreciables. Los hombres, en su inmensa mayoría, casi en su totalidad, viven y mueren en la abyección intelectual, sin pisar el umbral de la conciencia. Inclinados siempre hacia la tierra, como decía Platón, al igual de los animales, los ojos fijos en el pasto, se entregan brutalmente a los placeres sensuales. Pero entre estos hombres aparentes puede surgir uno verdadero, un Sócrates, un Spinosa, un Shakespeare, un Cervantes. Es lo que yo busco. Quiero decir que la instrucción en general sirve de poco. El que nace majadero, morirá majadero aunque los más hábiles maestros del mundo se concierten para educarle. Por muchos granos que arrojes a la tierra si ésta es estéril no fructificarán. Observa cómo los juicios de la inmensa mayoría de los hombres no tienen valor alguno. Pero la simiente puede caer por azar en buen terreno y entonces surge en nuestro planeta el verdadero hombre, el hombre simbólico. Yo daría por bien empleados todos mis esfuerzos y mi dinero si al cabo consiguiera que se produzca en el mundo un hombre original.
No hay duda que mi amigo Pérez de Vargas lo era. Con ingenio y elocuencia siguió desenvolviendo su tesis paradójica hasta que el coche se detuvo delante del café Suizo. Me bajé, y apretándole la mano me despedí de él.
—Muchas gracias, Martín. Casi de acuerdo contigo.