—¿Nada más que casi?—me preguntó riendo.
—Nada más que casi.
VI
ÚLTIMAS OPINIONES DE UN SABIO
Un día en la Redacción me dijeron que Pasarón se hallaba seriamente enfermo.
—¿Qué es lo que tiene?—pregunté.
—Se trata, al parecer, de algo grave. Se dice que está afectado de una tuberculosis pulmonar. Hace ya dos meses que no asiste a cátedra ni sale de casa.
Esta noticia me impresionó dolorosamente. Si mi cariño hacia este amigo no era apasionado, la estimación que le guardaba era profunda. Nuestra amistad era a la sazón lo que siempre había sido, cordial y familiar aunque sin gran calor. Le veía de tarde en tarde porque girábamos en órbitas distintas, pero cuando nos encontrábamos departíamos un rato alegremente. Recordábamos los buenos tiempos de nuestra convivencia en la casa de la calle de Carretas. Yo me abstenía, sin embargo, de aludir a las lindas bordadoras, nuestras vecinitas, a las cuales, por otra parte, había perdido de vista hacía largo tiempo. Me enviaba con amable dedicatoria sus libros y yo le pagaba citando su nombre siempre que hallaba ocasión, y hasta cuando no la hallaba, en el periódico acompañado de los epítetos más lisonjeros.
Resolví visitarle para enterarme de la verdad de su estado. Habitaba en un piso primero bastante espacioso, pero tétrico, de una casa situada en una calle estrecha del viejo Madrid.
El criado que me abrió la puerta no puso dificultad para introducirme cerca de su amo. Me condujo al través de algunos oscuros corredores tapizados por ambos lados de libros, y entré en una gran sala tan pobre y sórdidamente alhajada que quedé maravillado. El suelo vestido de estera de cordelillo, los balcones provistos de visillos descabalados, los unos cortos, los otros largos, un sofá, dos sillones y algunas sillas, forrado todo de rica tela tan deteriorada por el polvo que apenas se reconocía su color. Las paredes cubiertas casi enteramente de libros colocados en altos armarios de pino barnizados de negro. Pero sobre todo lo que impresionaba más desagradablemente era la suciedad y abandono que se advertía en aquella estancia, lo mismo que en los pasillos que había atravesado.
Pasarón había heredado a sus padres, que en su provincia pasaban por ricos. Unido su patrimonio al sueldo de catedrático y al dinero que le producían sus libros, debiera proporcionarle recursos para vivir con holgura si no con lujo. ¿Por qué tal ausencia de elegancia y aun de decoro en su casa? Algunos lo achacarían a tacañería. Yo pensé más bien que aquella deficiencia era hija del exclusivismo que había reinado siempre en su espíritu. Este hombre no veía en el mundo otra cosa más que libros. Muebles elegantes y tapices y cortinas, adornos bonitos, esmero, limpieza, comodidad, todo esto era para él tan indiferente que apenas si se daba cuenta de que tales cosas existían en el mundo.