El gabinete, donde el criado me hizo entrar después de haberme anunciado, no ofrecía mejor aspecto que la sala. Libros, muchos libros, sillas deterioradas, igual estera de cordelillo, mesa de pino barnizado llena de papeles. Allá en el fondo de la alcoba un sencillo catre de hierro y sobre él colgado un crucifijo. Parecía la celda de un monje.

Pasarón estaba sentado en un sillón y departía con un conocido catedrático y académico que se despidió cuando yo entré. En su rostro la enfermedad traidora que le minaba aparecía ya de un modo bien ostensible. Nos apretamos las manos y yo observé en la suya un calor de mal agüero.

—Me han dicho que estabas un poco delicado de salud, que no sales de casa desde hace ya algún tiempo y he querido hacerte compañía unos instantes. ¿Qué es lo que tienes?

—Lo bastante, querido Jiménez, para dejar este mundo a toda prisa—me respondió sonriendo tristemente.

—¡Qué idea! Veo que estás lleno de aprensión.

—No es aprensión; es una verdad evidente. Y lo peor del caso es que no muero tranquila y valerosamente como un sabio sino como un pusilánime ignorante. Sí; te confieso que me aterra, que me desespera dejar esta vida a los treinta y dos años, cuando aun no he tenido tiempo a gustarla ni a disgustarme de ella.

Hablaba con voz tan apagada y triste que me sentí conmovido. Hice un esfuerzo sobre mí mismo y le respondí procurando dar a mis palabras una entonación alegre.

—Deja esas imaginaciones lúgubres, hijas de una pasajera depresión nerviosa. Tú no padeces más que un catarro que desaparecerá en cuanto cambie este endiablado tiempo. Aun tienes que leer y escribir muchos libros.

—¡Sí; libros, libros... siempre libros!—murmuró en un tono fatigado y desdeñoso que me sorprendió.

—Supongo que en este confinamiento temporal que sufres serán tus mejores amigos.