—¡Los aborrezco!
Yo me reí.
—Eso decía Herder en los últimos años de su vida, y un amigo que lo supo replicaba: «—¡Y sin embargo, qué hermosos libros escribe!»—Lo mismo digo yo ahora de ti.
Pasarón hizo una mueca de desdén.
—Hace cuatro meses que no abro uno solo por prescripción facultativa. Y en estos cuatro meses he meditado más que en todos los años de mi vida. Ocupado en fisgar lo que pasaba en el cerebro de los demás no he tenido tiempo a pensar en el mío, como un hombre dedicado toda su vida a recorrer palacios suntuosos sin descansar jamás en su propio y modesto hogar. A los libros he sacrificado no sólo mi propio pensamiento, sino lo que es peor, los alegres días de mi juventud y por fin mi vida entera puesto que me muero. ¿Merecen este sacrificio? No; el hombre no es un cerebro solamente. Tiene un cuerpo que le pide a gritos la felicidad, ejercicio, aire puro, alimentos sabrosos, vinos que fortifican y alegran, el aroma de las flores, la caricia de las aguas transparentes: tiene un alma que se nutre de amor como el cuerpo de oxígeno, que desea abrirse como una flor al rayo de una dulce pasión, que nos pide la ternura de la familia, los encantos infantiles, el abandono de una amistad generosa, que quiere, en suma, sentirse vivir. ¿Hay algo más horrible que no sentir su alma?
—Sin embargo, Pasarón, los filósofos afirman que la inteligencia pura es quien nos proporciona placeres sin mezcla de daño. Así que interviene el sentimiento o la voluntad, con sus mezquinas aspiraciones, comienza para nosotros la era de los enojos, nos sentimos arrastrados a la región de la desgracia, de la agitación y el hastío.
—¡Falso! La inteligencia por sí sola no nos proporciona placer ni pena; es un frío contemplador del universo. Para que exista uno u otro es necesario que se mezcle de algún modo la emoción a ella. Kepler saltó de gozo al descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas; pero no fué el descubrimiento en sí mismo lo que le infundió alegría, sino el orgullo de ser el primero entre los mortales que lo había averiguado. Arráncale esa satisfacción de amor propio y hubiera contemplado la órbita de Marte con la misma frialdad que tú contemplas la forma elíptica de un macizo de flores en el Retiro... Repaso mi vida en estas largas horas de ocio, y me persuado de que mis goces, descubriendo noticias sepultadas en los archivos o adquiriendo libros raros, semejan bastante a los de los coleccionadores de sellos o porcelanas.
—No, José Luis; el pesimismo que aporta siempre consigo la enfermedad no te deja ver claro. Tú no eres un coleccionador de sellos; eres un hombre glorioso que honra a nuestra nación.
—¡La gloria, la gloria!—repitió con dejo amargo—. Flatus vocis! La gloria es una palabrilla que deja escapar un hombre descuidadamente en la conversación y que el interlocutor recoge con más ligereza aún; es un adjetivo que la Prensa arroja a la publicidad entre otros millones de adjetivos. ¿Hay algún hombre sensato que cifre en ello la alegría de su vida? Pero aun suponiendo que fuese real y no vana esta alegría, para sentirla es necesario vivir. Después que me hayan cerrado en el sepulcro, todas las trompetas de la fama sonando a un tiempo, no lograrán hacer vibrar una parte mínima de mi sér. Además, si existe la gloria y si vale algo debe estar reservada a los que hayan pensado algo por sí mismos, no a los que como yo han pasado el tiempo estudiando lo que pensaron los demás. Concibo que un poeta o un filósofo sienta cierta satisfacción durante su vida imaginando que sus ideas o sus imágenes despierten en las futuras generaciones admiración y deleite, aunque el tiempo que esto dure siempre será muy limitado; pero es altamente ridículo que un crítico como yo sueñe con la gloria.
—Acaso tengas razón en lo que opinas de la gloria. Acaso no sea en el fondo otra cosa que una de las infinitas manifestaciones de la infinita vanidad humana. Pero hay algo, querido Pasarón, que está por encima de la gloria y es la satisfacción que experimenta un hombre honrado cumpliendo con su deber en este mundo.