—Esa misma satisfacción la puede sentir un carretero sin necesidad de estropearse el estómago y los pulmones. Si yo he cumplido con mi deber no hay más remedio que confesar que lo he hecho con poca prudencia. ¿Qué opinarías de un piloto a quien se confía una máquina y que al poco tiempo la devuelve estropeada, con los resortes gastados y algunas piezas rotas? Dirías que era un mal mecánico, pues toda máquina debe producir el máximum de su rendimiento y para ello es menester manejarla con cuidado, hacerla trabajar con las debidas precauciones. Pues eso mismo he sido yo. Un deplorable piloto. No he cuidado para nada de mi pobre cuerpo; le he tenido años enteros en una quietud enervante, respirando el polvo de los archivos en vez del aire puro de los campos, no lo he refrescado cambiando de ambiente, no he dado reposo a mi cerebro, no he alimentado mi corazón con sentimientos fortificantes, he dejado transcurrir mi vida sin los placeres que la hacen amable, que nos dan aliento para continuar la marcha y nos vuelven el equilibrio perdido. ¡Qué gran estupidez! Si hubiese economizado mis fuerzas y endulzado mi existencia es verosímil que llegase a viejo y entonces tal vez pudiera ofrecer al mundo algo no enteramente desprovisto de mérito.
Quise disuadirle de aquellas aprensiones que le atormentaban, pero no me fué posible. Parecía conocer con certeza la enfermedad que le minaba y hallarse persuadido de su próxima muerte.
Hablamos todavía largo rato. A fin de distraerle llevé la conversación a los asuntos que más pudieran alegrarle, a los incidentes cómicos y divertidos de nuestra común estancia en la casa de la calle Carretas; hablamos de los Mezquitas, de Albornoz, de Sixto Moro y discurrimos acerca de su carácter y logré hacerle sonreír.
Al fin no tuve más remedio que despedirme. Cuando me alcé de la silla volvió a pintarse en su rostro la tristeza. Me apretó la mano con toda la fuerza que le consentía su gran debilidad y me dijo:
—Adiós, Jiménez. No seas un iluso como yo lo he sido. ¡Diviértete, diviértete!
Un mes después los periódicos anunciaban con grandes letras capitales el fallecimiento del insigne catedrático gloria y esperanza de las letras patrias.
Fué un día de duelo para todos los españoles cultos. Yo sentí una mortal tristeza. Era el primer amigo que veía morir. Aquella memorable conversación que con él había tenido no se apartaba de mi mente.
Corrieron los años, y como él había previsto, su nombre se fué borrando de la memoria de los hombres. Ahora sólo aparece de vez en cuando en los libros de algún erudito.
Pero aquella tan prematura muerte dejó en mi cerebro huella indeleble. Cuando arrastrado de mis aficiones científicas me excedo un poco en el trabajo, permanezco demasiado tiempo delante de los libros y me siento fatigado, se alza delante de mis ojos la imagen de Pasarón, doy un salto en la silla y me levantó exclamando:
«¡No seas un iluso, Jiménez! ¡Diviértete, diviértete!»