Y salgo corriendo a tomar un billete para los toros.

VII
UN AMIGO QUE SE VA Y UN ENEMIGO QUE APARECE

Moro experimentó igualmente vivo dolor con la muerte de Pasarón. No le frecuentaba mucho tampoco: ya he dicho que su aplicación obstinada y exclusiva, su natural retraído y ¿por qué no decirlo? un poco frío le alejaba del trato de sus amigos. Pero no podía menos de recordar con placer, como yo, los días de la casa de huéspedes, nuestras disputas, nuestras bromas y constante regocijo. Sólo en la edad juvenil se forman sólidas amistades, porque quizá solamente entonces intervenga en ellas el corazón.

Vino a buscarme en su coche y ambos acompañamos el cadáver de nuestro amigo, unidos a un cortejo no muy numeroso, pero sí selecto. Formaban en él profesores, literatos, artistas. Cuando llegamos al cementerio experimenté la agradable sorpresa de encontrar entre los pocos que asistieron al sepelio a mi buen amigo Pérez de Vargas. Me aproximé a él, nos saludamos como siempre efusivamente y me dijo:

—No era amigo de Pasarón: sólo una vez le he hablado en mi vida; pero he querido rendirle este testimonio de consideración, porque era un hombre que honraba a su patria.

Terminada la triste ceremonia le presenté a mi amigo Moro. Se saludaron con visible satisfacción como hombres que sin tratarse personalmente se conocían hacía tiempo y se estimaban. Cuando regresamos, Pérez de Vargas nos propuso que montásemos en su coche y le acompañásemos, a lo cual tanto Sixto como yo accedimos gustosos. Traía un landeau y sólo le acompañaba su secretario; pudimos, pues, acomodarnos los cuatro y yo me hallé sumamente complacido de poner en relación a aquellos dos hombres que habían nacido para entenderse y amarse.

Sin embargo, comenzaron su amistad discutiendo. Como yo recordase la conversación que con Pasarón había tenido algunos días antes de morir, en la cual se lamentaba con amargura de haber agotado sus fuerzas y arruinado su salud en el estudio sin gozar de los placeres juveniles, y trajese a la memoria sus cortos amores con una de nuestras vecinitas, a la cual sacrificó en aras de la ciencia, Moro exclamó con el tono resuelto que le caracterizaba:

—Hacía bien en arrepentirse. Sacrificar el amor a la ciencia es lo mismo que cambiar una barrica de jerez por otra de cerveza.

—¿Tan exagerada importancia da usted al amor sexual?—le preguntó Pérez de Vargas.

—Ninguna otra cosa la tiene mayor. Creo que es el solo presente digno que nos han hecho los dioses, lo único que reconcilia con la existencia. Las relaciones entre hombre y mujer son el jugo sabroso que podemos sacar de nuestro tránsito por la tierra, la ambrosía que le da valor y le perfuma. Cuando el hombre pierde la facultad de interesarse por el amor ha sufrido la máxima capitis deminutio; todo lo que le queda no vale la pena de ser vivido, porque todo lo demás es incoloro, fastidioso y triste a su lado. Como los héroes de la antigüedad, cuando descendían a la mansión subterránea de los Campos Elíseos, arrastra desde entonces una vida melancólica y suspira por la que gozaba a la luz del sol.