—Es materialista lo que usted dice, y sin embargo yo sé bien que es usted espiritualista—replicó Pérez de Vargas con amable sonrisa—. El amor, a mi juicio, no es más que un episodio en la vida del hombre, un momento de fiebre, una breve locura durante la cual se desinteresa de todo lo que le constituye como sér independiente para convertirse en un instrumento de la especie.

—Usted me perdonará que rechace ese sofisma que tan válido corre ahora entre los sabios. Si somos instrumentos de la especie cuando gozamos, lo seremos igualmente cuando sufrimos. Nuestra pretendida independencia no es más que una ilusión. Los hombres que como Pasarón se consagran con alma y vida al estudio reciben el impulso de su propia naturaleza como los que se consagran al amor; son seres tan necesitados como ellos. Pero no se trata ahora de eso. Lo que yo he afirmado es que todas las demás emociones placenteras del hombre palidecen al lado de las del amor, mejor dicho, se borran, se desvanecen como las estrellas a la salida del sol.

—¿Tiene usted en nada los goces del místico, del hombre contemplativo que vive comunicándose con la Divinidad, que renuncia a los placeres de la carne, que la mortifica, y en ello logra encontrar alegrías exquisitas mil veces más nobles que las del amor humano? ¿No le inspiran a usted aprecio las puras satisfacciones del sabio cuando después de tenaces esfuerzos, que son para él un manantial de placeres, consigue apoderarse de una verdad y transmitirla al mundo? ¡Qué sensación deliciosa, inefable sería la de Kepler cuando después de haber hecho y rehecho durante largos años infinitos cálculos logra un día descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas! ¿Y la de Bernardo de Palissy, cuando después de arrojar al horno sus muebles y hasta las tablas del entarimado de su casa, al fin consigue fijar el esmalte de sus porcelanas? ¿Y los goces intensos de Agustín Thierry, descifrando infolios para extraer una frase, una palabra que le llevase al conocimiento de los tiempos merovingios que pretendía escrutar? No le quepa a usted duda, Moro; por encima de esos placeres efímeros del amor sexual hay otros más altos y sabrosos a los cuales todo hombre debe aspirar.

Moro se encogió de hombros y dirigió la vista a la ventanilla contemplando el paisaje como si renunciase a discutir. Pero advirtiendo inmediatamente lo que había de descortés en su actitud se volvió sonriente y dijo:

—Ignoro lo que son y hasta dónde llegan las alegrías del hombre contemplativo. En la Imitación de Cristo he leído, en efecto, que si los hombres de mundo las conociesen palidecerían de envidia. Es posible que esto sea verdad. Yo no puedo resolverlo porque no soy místico y me encuentro en la situación de un ciego juzgando de los colores. Pero en lo que se refiere a las sensaciones del sabio puedo hablar con mayor conocimiento de causa. Todas ellas valen bien poco si se las compara a las que proporciona el amor; todas exigen penosos y continuados esfuerzos. En el fondo no significan otra cosa que la satisfacción más o menos intensa que el hombre experimenta cuando ha vencido una dificultad. Usted mismo lo acaba de poner de manifiesto asimilando la de Bernardo de Palissy, un artesano, a la de Kepler, un sabio... Por lo demás, toda la alegría de éste descubriendo la órbita de los planetas es corta si se compara a la de un joven enamorado descubriendo la silueta de su novia al través de la reja en una noche de estío.

Comprendí que a mi amigo Pérez de Vargas no le causaban buena impresión las paradojas de Moro y me apresuré a decir bromeando:

—No vayas a creer, Martín, que el amigo Moro, por lo que dice, es un instintivo o un débil. En lo que se refiere al amor puedo asegurarte que no ha sufrido lo que ahora llaman los sabios «la influencia de lo inconsciente». Por el contrario, te lo presento como un tipo fuerte, en que el amor es verdadero y completo, de corazón y cabeza, de cuerpo y de alma.

—Pues yo confieso—dijo Pérez de Vargas—que soy eso que llaman un débil. He sentido siempre gran debilidad por el bello sexo.

Con esto la conversación tomó un giro jocoso, y así departiendo llegamos hasta las calles de Madrid. Allí Moro, que debía hacer una visita, se trasladó a su coche y Pérez de Vargas me condujo hasta el café de Fornos, donde me esperaba mi tertulia vespertina de amables compañeros periodistas. Cuando quedamos solos, le di cuenta de la pasión de Moro por la hija de Reyes y le conté todo aquello que podía contarse sin lastimar su dignidad. Con estas noticias, Martín rectificó la opinión que había formado de Moro después de sus últimas palabras y le estimó, como era justo, más que antes.

Cuando salí de Fornos, anochecido ya, al atravesar por la Puerta del Sol vi delante de mí, caminando en la misma dirección, un hombre cuya figura me trajo a la memoria un personaje en el cual hacía tiempo que había dejado de pensar. Me acerqué a él con cierta emoción y le examiné ansiosamente. Vestía aquel hombre un chaquet raído y sobradamente holgado que parecía haber sido hecho para otra persona; sus pantalones estaban deshilachados y no muy limpios, los tacones del calzado gastados y torcidos, el sombrero de fieltro grasiento. En suma, representaba la imagen, bien frecuente en la corte, del caballero decaído y hambriento. Sus cabellos, y esto era lo que me desconcertaba un poco, eran grises y la parte de barba que lograba verle, también.