«Es él, es él», me dije, mientras mi corazón latía agitado. Para cerciorarme avancé unos pasos para adelantarme a él y al pasar le miré de través. Él también volvió un poco la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. En efecto, era él, era aquel antipático sujeto que se llamaba Rodrigo Céspedes.
Cualquiera puede figurarse la impresión que tal encuentro me produjo. Mi pensamiento voló inmediatamente a Natalia, aquella niña a la cual me habían ligado lazos de afección tan estrechos, un cariño casi fraternal, y me representé de improviso cosas terribles que me apretaron el corazón. Comí sin apetito y antes de acostarme no cesé de pensar en ella, imaginando unas veces que estaba muerta, otras que se hallaba sumida en la miseria. De todos modos, vi la necesidad de tener noticias y medité largamente los medios de adquirirlas.
VIII
TRISTES NOTICIAS
Al día siguiente me personé en el ministerio de la Guerra, donde tenía un amigo teniente coronel de infantería. No conocía a Céspedes, ni había oído nunca hablar de él, pero me dijo amablemente:
—Espéreme usted un instante, voy al despacho de Don Santiago Ruiz, que es coronel de caballería, y seguramente podré obtener noticias de ese sujeto.
En efecto, pocos minutos después se presentó de nuevo y sacudiendo la cabeza me dijo:
—Malas referencias puedo dar a usted de ese individuo. Hace años que fué expulsado del ejército en Filipinas, por un negocio sucio de contrabando, y no ha ido a presidio porque el Capitán general había sido amigo de su suegro. Don Santiago le conoce muy bien; fué su compañero de promoción; sabe que ha vivido en Barcelona algún tiempo, luego en Sevilla, siempre del juego y de la trampa, y que desde hace algunos meses se encuentra en Madrid, donde continúa rodando hacia la cárcel entre gente perdida y crapulosa.
Quedé consternado; me apresuré a preguntarle:
—¿Sabe usted si su mujer ha muerto?
—Don Santiago no tiene noticias de ello, pero supone que no.