Mi consternación fué mayor aún. Hubiera deseado que Natalia no existiese.

Di las gracias a mi buen amigo y me retiré más inquieto aún que había entrado.

Aquella noche, al levantarme de la mesa después de comer, el criado me dijo:

—Hay un señor ahí que pregunta por usted.

—Bueno; pásalo a la habitación y enciende la luz.

Me dirigí a mi cuarto y, sin saber por qué, una sospecha cruzó por mi mente. ¿Si será él?

Allí estaba, efectivamente, aquel repulsivo sujeto, arrellanado en una butaca, con las piernas cruzadas, silbando dulcemente una polka de cierta opereta bufa. Su grasiento sombrero descansaba sobre los papeles de mi mesa.

Al verme, se levantó pausadamente y me tendió la mano con impertinente condescendencia.

—¿Cómo va el amigo Jiménez? Supongo que me reconocerá usted.

—¿Céspedes?