—El mismo. Es usted buen fisonomista, porque he cambiado bastante. He saltado de joven a viejo sin sentirlo. Además, la barba...
A su bigotito enhiesto y cuidado habían sucedido unas barbas grises y aborrascadas, que, unidas a la dureza de su fisonomía y a la sordidez de su indumentaria, le daban un aspecto de salteador de caminos.
—¿Y Natalia?—le pregunté reprimiendo mi emoción.
—Buena; gracias—me respondió secamente frunciendo el entrecejo.
—¿Está en Madrid?
—Pues, ¿dónde quiere usted que esté?—me respondió con un acento insolente que me dejó confuso.
Me explicó en seguida que, a consecuencia de un choque que había tenido con el coronel de su regimiento, se había visto obligado a dejar el ejército hacía ya algunos años. Se encontró sin bienes de fortuna: no halló trabajo decoroso: sus parientes le abandonaron miserablemente: sus amigos, viéndole pobre, le volvieron la espalda.
—¿Será usted uno de ellos?—me preguntó clavándome una mirada que queriendo ser humilde guardaba el reflejo sarcástico y agresivo que siempre le había caracterizado.
Yo podía replicar que jamás había sido amigo suyo; pero estaba tan avergonzado, tan dominado por aquella increíble desfachatez, que me incliné haciendo un signo negativo.
Terminó pidiéndome cien pesetas, que le di sin vacilar pensando solamente en Natalia.