Para colmo de desgracia, añadió después de darme las gracias como si le ofreciese un cigarrillo, el único hijo que había tenido, un hermoso niño de siete años, se les había muerto aquí en Madrid hacía dos meses.
—¡Pobre Natalia!—exclamé.
—Sí; no cesa de llorar desde entonces. Yo le digo que si había de ser tan desgraciado como su padre más vale que haya dejado este mundo.
Tan bribón debió decir. Quise hacerle algunas preguntas acerca de ella, pero las rehusó contestando en un tono tan displicente, que estuvo a punto de hacer estallar mi cólera. Se apresuró a despedirse apretándome la mano sin mirarme, como si fuese yo quien le acabase de sacar cien pesetas. Cuando iba a trasponer la puerta le pregunté fingiendo indiferencia:
—Hasta otro rato. ¿Dónde vive usted?
Vaciló un instante y respondió:
—En la calle del Olivar, número diez.
Comprendí que mentía. Aquel bandido no quería que viese a Natalia. Sin embargo, fuí al día siguiente a la calle que me indicó con un resto de esperanza. Pronto se disipó: en aquella casa no conocían a semejante sujeto ni habían oído su nombre.
Pero yo estaba bien resuelto a conocer su domicilio y a ver a Natalia. No se necesitaba ser muy avisado para sospechar que vendría otra vez a sacarme dinero. En efecto, no se pasaron quince días sin que me hiciese otra visita. Me pidió diez duros.
—Aguarde usted un instante—le dije—; no tengo en este momento dinero, pero voy a pedírselo al dueño del hotel.