Busqué al chiquillo que limpiaba las botas y hacía los recados en la fonda y le dije:

—Cuando salga el individuo que está en mi cuarto le sigues con todo disimulo, y si averiguas dónde vive te doy un duro.

Hasta bien entrada la noche no tuve noticia alguna. Al pobre chico le había costado un trabajo enorme averiguar aquellas señas. Antes de restituirse a su domicilio, Céspedes había recorrido tres o cuatro tertulias de café donde se juega, y mi muchacho se vió necesitado a esperarle pacientemente a la puerta en todas ellas. Por último hacía un momento que había ido a su casa. Vivía en la calle de Toledo, número...

Al día siguiente, antes de las nueve de la mañana, me dirigí a esta calle, y ocultándome en un portal me puse a espiar el de la casa citada. Tenía una miserable apariencia que me contristó. ¡Pobre Natalia, dónde había venido a parar! Y me representé la suntuosa y elegante mansión donde hacía doce años la había conocido.

No quise por el momento preguntar por ella ni hablar con la portera. Temía que cualquier indiscreción por mi parte le pudiera acarrear un disgusto: preferí aguardar a que saliese, pues tenía por probable, si no seguro, que lo hiciese a estas horas y no por la tarde. Nada conseguí. Se pasó una hora, se pasaron dos y ninguna persona salió del portal que se pareciese a ella.

Al otro día fuí una hora antes. Me situé, como el anterior, en un lugar donde pudiera acechar sin ser notado. Pocos minutos después de estar allí vi salir de la casa una mujer enlutada. La reconocí en seguida, aunque había cambiado bastante. Estaba mucho más delgada; pero su rostro demacrado guardaba siempre aquel sello de inocencia infantil que tanto seducía. Dirigió una mirada a un lado y a otro de la calle. Había en sus ojos, hermosos como siempre, tanta humillación y tristeza que las lágrimas saltaron a los míos.

La seguí procurando no ser notado. Vestía una pobre falda negra y una mantillita deslustrada por el uso: llevaba en la mano un pequeño cesto. Entró en el mercado de la plaza de la Cebada, situado no muy lejos de su casa y realizó algunas compras para la alimentación, que me parecieron bien reducidas. Después, salió de allí por otra puerta, y con paso rápido se dirigió a la iglesia cercana y penetró en ella.

Sin vacilar, como quien está habituado a hacer todos los días lo mismo, fué derecha al altar de la Virgen del Carmen y se dejó caer de rodillas. Su oración duró larguísimo tiempo. Mientras tanto, yo, detrás de uno de los pilares, con la vista clavada sobre ella, me entregaba a un sin fin de pensamientos melancólicos y de proyectos locos.

Al fin se levantó y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Maniobrando rápidamente salí antes que ella de la iglesia y la esperé. Cuando puso el pie en la calle me planté delante y le dije:

—Buenos días, Natalia.