Me miró estupefacta sin conocerme; fué un instante.

—¡Angelito!

Y al alargarme su mano, bajó la cabeza y rompió a llorar. Los sollozos la ahogaban. Entonces la arrastré hasta el portal más próximo para que no llamase la atención de los transeuntes. Aguardé a que se calmase apretándole la mano en silencio, pues comprendía que ninguna palabra sería oportuna en aquella ocasión.

Al cabo alzó la frente, se secó los ojos y me preguntó:

—¿Me has encontrado por casualidad?

—No; te he venido a buscar.

—¿Cómo has sabido que estaba en Madrid?

—Por tu marido.

Le expliqué que éste no había querido darme sus señas y me había valido de una estratagema para averiguarlas.

—¿Dónde le has visto?