—Ha venido a visitarme.

Una gran inquietud llameó en sus ojos.

—¿Para pedirte dinero?

—Una cosa insignificante.

Se puso roja.

—¿Y se lo has dado?

—¿Pues qué iba a hacer?

Bajó los ojos y dijo sordamente:

—No se lo des más.

—Pero si me dice que estáis pasando grandes apuros, que apenas tenéis que comer, que no tiene dinero para comprarte unas botas...