—No importa, no se lo des más—replicó con resolución.
—Eso es fácil de decir; pero yo no puedo tolerar que pases hambre y que vayas descalza mientras me queden unas pesetas en el bolsillo. Tú eres para mí una hermana.
—Gracias, Angel—profirió conmovida apretándome la mano.
Guardó unos instantes silencio y después haciendo un esfuerzo sobre sí misma y como si le costase enorme trabajo pronunciar las palabras, comenzó a decir:
—No se lo des más porque... desgraciadamente tu dinero no serviría para aliviar nuestras necesidades sino para alimentar sus vicios. Jugaría, se emborracharía y en vez de darme unas botas me daría un mal rato.
—Pero, ¿es que te maltrata?—pregunté con voz alterada.
No me respondió. Al cabo exclamó con vehemencia:
—¡He sido muy desgraciada, mucho, muchísimo!... pero todas mis desgracias no eran nada, no serían nada si Dios me hubiese dejado aquel hijo de mis entrañas que acabo de perder.
Al pronunciar estas últimas palabras rompió de nuevo en sollozos.
Cuando se hubo calmado un poco comenzó a hablarme de su niño muerto: una criatura de siete años, hermoso como un ángel, de una inteligencia tan precoz que ya se daba cuenta de las penas de su madre y la consolaba prodigándole palabras tan cariñosas y apasionadas que no podía recordarlas ahora sin que se le partiese el corazón: «—Mira, mamita, cuando yo sea grande trabajaré y ganaré mucho dinero y te compraré bonitos trajes y viviremos en una casa mejor que ésta y tú no lavarás la ropa porque tendremos criadas como antes. Yo no me casaré nunca más que contigo.»