Me describió su enfermedad con todos los pormenores imaginables. Me repitió sus últimas palabras:
«Mamá, estoy viendo el cielo. Hay una señora muy hermosa, muy hermosa que se parece a ti. Muchos niños la rodean... ¡Mira, mira cómo me hacen señas para que me vaya con ellos!... Dame la mano... Yo no quiero separarme de ti, mamita. Ven conmigo, mamita,..»
La infeliz no dejaba de llorar mientras me narraba estas historias. Algún transeunte al cruzar la miraba con sorpresa, pero viéndola enlutada, comprendía que estaba hablando de algún ser desaparecido y apartaba los ojos con respeto.
Sin embargo, yo tenía clavada en el alma una sospecha que me atormentaba. Bruscamente le repetí:
—Pero dime, ¿tu marido te maltrata?
Sus ojos se secaron, adquiriendo una expresión dura.
—No hablemos de eso. Al morir mi niño concluyó todo... Y te juro que no volverá a empezar.
No pude menos de recordar, observando su acento resuelto y la expresión colérica de su mirada, a la Natalia de otros días, a aquella niña tan viva, tan impetuosa, tan seductora.
No quise insistir; pero le dije:
—De todos modos deseo que sepas que no estás sola en el mundo y que estoy dispuesto a hacer por ti todo cuanto puede hacer un hermano.