Me miró con tal expresión de gratitud y de afecto que largo tiempo después, todavía al recordar aquella mirada, me sentía conmovido.
—¿Tu padre no tenía una hermana?
-Sí; la tía Leocadia. Se ha muerto un año después que él.
—¡Pobre Don Luis!—exclamé—. ¡Quién le había de decir!...
—Cuando se recibió la noticia en La Habana acababa yo de dar a luz a Luisito. Me lo ocultaron mucho tiempo hasta que me puse buena... ¡Pobre papá!... Su sino era malo como el mío.
Guardó silencio y yo también. Los dos pensábamos en lo mismo, pero el nombre que palpitaba en nuestros labios no se llegó a pronunciar. Ni yo tenía ganas de pronunciarlo ni ella seguramente de oírlo.
Nos apretamos de nuevo la mano para despedirnos Yo me decidí a preguntarle:
—¿Necesitas dinero? Cuanto tengo es tuyo.
Hizo un gesto negativo.
—Aunque lo necesitase no podría aceptarlo porque él lo advertiría bien pronto.