—¡Es bien triste! Sin embargo, yo no me separo de ti sin que me prometas que en un caso de apuro, lo mismo de dinero que de otra cosa, acudirás a mí. Vivo en la calle del Arenal, en el hotel de... ¿Me lo prometes?
—Te lo juro.
—¿Podré verte alguna vez?
—Sí; ven a esta misma hora a la iglesia... No muchas veces... Ya comprenderás que pudieran observarnos y sospechar otra cosa.
La vi alejarse con su pobre cestita pendiente de la mano. Me sentí tan melancólico, tan preocupado, que en todo el día no pude apartarla de mi imaginación.
Me guardé bien de comunicar con Moro estas nuevas. No harían otra cosa que inquietar su vida y entristecerla aún más que la mía. Continué viendo a Natalia cada ocho o diez días al salir de la iglesia y hablando con ella algunos minutos. No me fué posible obtener que aceptase el más corto obsequio. En estas breves conferencias lloraba siempre. Sin embargo, alguna vez la hice sonreír recordando algunos incidentes cómicos del tiempo pasado.
—¿Te acuerdas de Sixto Moro, tu profesor?—le pregunté un día repentinamente.
Observé una leve turbación en su fisonomía.
—¿Continuáis siendo tan amigos?—me replicó en un tono que se esforzaba en aparecer indiferente.
—¡Ya lo creo! Nos vemos con mucha frecuencia. Pero el amigo Sixto ha hecho gran carrera desde que le has perdido de vista. Es actualmente uno de los primeros abogados de Madrid, gana mucho dinero, se le conoce, se le respeta, es diputado y será pronto cuanto se le antoje.