—Todo se lo merece: es un hombre muy inteligente y muy simpático—me dijo ya con perfecta tranquilidad.

Pero desvió inmediatamente la conversación hacia otro asunto, sin mostrar curiosidad por conocer más detalles. Sin embargo, cuando nos despedimos, al darme la mano me dijo con alguna vacilación.

—¿Sabes, Angelito?... No digas a Moro que estamos aquí.

—Pierde cuidado. Nada sabrá.

Debí haber añadido: «Por lo que a mí se refiere». Porque Sixto lo averiguó casualmente por sí mismo. Un día que fuí a almorzar a su casa le hallé pensativo y serio: antes de saludarme me dijo:

—¿Sabes a quién he visto ayer?

—Sí; a Rodrigo Céspedes.

—¿Sabías que estaba aquí?

—Lo he averiguado hace unos días.

—El traje que llevaba era deplorable. Parece hallarse en mala situación. ¿No pertenece ya al ejército?