—Ha sido expulsado hace tiempo.

—¿Y su mujer?—preguntó con voz levemente alterada.

—Su mujer vive y está aquí.

—¿La has visto?

—No, no la he visto. Rodrigo, con quien hablé unos instantes en la calle, ha evitado el darme las señas de su casa.

Me pareció que debía mentir en aquella ocasión. ¿Qué ventaja podía resultar de que supiese que hablaba con Natalia? Al contrario, para ésta y para él acaso hubiera peligro.

Guardó silencio obstinado largo rato, almorzó con poco apetito y le observé distraído y meditabundo mientras permanecí en su casa.

Otro tanto me acaeció pocos días después al entrevistarme con Natalia a la puerta de la iglesia. La hallé terriblemente seria: había en sus ojos una gran inquietud: un pliegue profundo surcaba su frente.

Le pregunté si se sentía mal, si había tenido algún disgusto, Me respondió secamente que se encontraba bien de salud y que nada le ocurría. Hablamos pocos minutos y se apresuró a despedirse. Sin embargo, al tiempo de separarnos volvió sobre sus pasos, me tomó la mano de nuevo y apretándola con extraordinaria fuerza me dijo con un sollozo reprimido:

—Pide a Dios por mí..., porque nunca lo he necesitado más que hoy.