Transcurrieron diez minutos; transcurrieron quince. Mi angustia había llegado al extremo límite: mis manos y mis pies se movían sin cesar convulsivamente; los compañeros me hablaban y no les oía; en fin, me sentía inundado de sudor y estaba a punto de ponerme enfermo.
En cambio, Moro, con el codo apoyado sobre la mesa y la mejilla sobre la mano, con los cabellos sobre la frente y los estáticos ojos clavados en el vacío parecía la estatua del reposo. ¡Quién hubiera podido sospechar que en tal momento se estaba decidiendo, no sóla la dicha, sino la vida misma de aquel hombre! Natalia, igualmente inmóvil, con la vista fija en el suelo, no acusaba agitación alguna. Eran dos almas del mismo temple.
Transcurrieron veinte minutos; transcurrió media hora. Por fin, la puerta se abrió y apareció el tribunal y tomó asiento. ¡Momento supremo!
El Secretario se puso en pie y leyó el veredicto:
«¿Natalia de los Reyes Giráldez es responsable de haber arrojado un frasco conteniendo ácido sulfúrico al rostro de su marido Rodrigo Céspedes y Sotolongo ocasionándole graves heridas y la pérdida absoluta y definitiva de la vista?
Hizo una pausa, durante la cual se hubiera podido escuchar el vuelo de una mosca en la sala, y dijo con voz recia:
—¡No!
Un aplauso estruendoso, atronador, inmenso, que hizo vibrar los cristales de los balcones y retemblar las paredes acogió este monosílabo. Yo, por un movimiento automático, salté de mi silla y me lancé a abrazar a Moro; pero éste había saltado también de la suya para socorrer a Natalia que había caído desmayada. Fué tan grande la confusión que se produjo que apenas se oyeron las restantes preguntas del veredicto. Un médico que se hallaba en el público acudió a Natalia que fué transportada fuera de la sala. Yo también salí y estuve presente hasta que recobró el conocimiento. Cuando abrió sus ojos extraviados, al tropezar con los míos sonrió dulcemente y me tendió la mano murmurando: «Gracias, Angel». Después paseó la vista por la estancia con inquietud buscando otra persona. Yo le dije al oído: «No puede venir ahora. Espera unos instantes.»
El fiscal, abrumado por la unanimidad de la opinión, se abstuvo de pedir la revisión del juicio por nuevo Jurado. La sentencia del Tribunal de derecho absolviendo libremente a la procesada quedó firme. Moro consiguió que se diesen inmediatamente las órdenes para ponerla en libertad. Al cabo entró en la estancia donde nos hallábamos. Natalia extendió sus dos manos y sus pálidas mejillas se tiñeron levemente de carmín.
—Gracias, Moro.