—He cumplido con mi deber—respondió éste con noble sencillez.
Esperamos todavía largo rato allí dando tiempo a que el público evacuase el edificio y se llenasen las últimas formalidades necesarias. Yo bajé un momento a la calle para explorar los alrededores y ver si el coche de Moro estaba en su sitio. Cuando pude cerciorarme de que la salida de Natalia no llamaría la atención, subí de nuevo y se lo comuniqué a Moro.
Bajamos, al fin, la escalera. Natalia, entre los dos, apoyada en el brazo de ambos. Sixto hizo montar a Natalia; después, juntándose a ella, gritó al cochero:
Los caballos, cual si participasen del gozo y el triunfo de su amo, partieron arrancando chispas de los adoquines. Yo me arrimé a la pared del edificio sofocado por la alegría.
XI
EL CORO DE LAS EUMÉNIDES
No podían ser más felices. Su vida, en los primeros meses, fué un verdadero éxtasis, la apoteosis del amor triunfante. Sixto experimentó una transformación que el más indiferente no dejaría de observar: su marcha era más resuelta, su voz más clara, sus ojos, hasta entonces melancólicos, brillaban siempre risueños. Y como suele acaecer, a esta exaltación feliz de su naturaleza correspondió inmediatamente el resultado exterior de su actitud. El éxito resonante del proceso de Natalia contribuyó no poco a acrecentar su popularidad y la importancia de su bufete. Los negocios fluyeron abundantes y lucrativos; ganaba cuanto dinero quería, y este dinero le parecía aún poco para proporcionar a Natalia una vida opulenta. Vivían con un lujo que me iba pareciendo escandaloso.
Pero la transformación de Natalia fué mucho más visible. Volvieron las rosadas tintas a sus mejillas, volvieron aquellas antiguas redondeces de niña obesa a sus hombros y a sus caderas, volvió aquella dulce expresión infantil a sus ojos, aquella graciosa impetuosidad a sus gestos. La flor de su hermosura se abrió por completo, llegó al apogeo de su atractivo.
Yo les acompañaba algunas veces a almorzar. Sixto me enviaba también con frecuencia un billetito diciéndome el teatro a que pensaban asistir y me reunía con ellos en un palco y pasábamos los tres la noche deliciosamente entretenidos. Otras veces, las menos, porque Sixto trabajaba como un negro, me llevaban de paseo en su coche por los alrededores de Madrid. Natalia huía de la gente; vivía en alejamiento absoluto de la sociedad sin una sola amiga. Esto me causaba pena; me dolía verla separada del mundo como si fuese una réproba, la sentía humillada y pensaba de buena fe que no había motivo para ello. Por eso un día en que Sixto nos dejó solos en el comedor para ir a su despacho, donde le reclamaba un cliente, me atreví a decirle:
—¿Por qué vives tan retirada, Natalia? ¿Por qué no anudas alguno de tus antiguos conocimientos? Debes de tener amigas de colegio. En tu casa entraba en otro tiempo mucha y buena gente. Yo creo que lo que te ha ocurrido y te ocurre no puede deshonrarte a los ojos de ninguna persona que tenga corazón.