Una arruga surcó su frentecita tersa. Quedó unos instantes silenciosa mirando al vacío y me dijo con acento grave:

—Hay desgracias, Angel, que son irremediables: es en vano luchar contra ellas.

—Yo pienso que la tuya no lo es.

—Pues no piensas bien. El mundo actualmente me mira con malos ojos. Si pretendiese de nuevo entrar en sociedad, segura estoy de que sería rechazada y humillada. Es posible que no haya motivo para ello como tú imaginas; puede ser que muchas de las mujeres que me rechazasen hayan tenido en su vida faltas menos disculpables que la mía; pero el mundo es así y nosotros no podemos cambiarlo.

—Pienso, Natalia, que son aprensiones tuyas. El público se puso resueltamente de tu lado desde un principio, te ha compadecido, te ha disculpado, te ha estimado. No es posible que ahora te rechace. Aún suenan en mis oídos aquellos aplausos clamorosos, aquellos gritos de entusiasmo con que se acogió tu absolución.

—Sí; los hombres cuando se reúnen son buenos—replicó con sonrisa triste—. ¿No ves lo que ocurre en el teatro? O porque les complazca aparecer justos y nobles ante los demás o porque en realidad se les hiera en la cuerda sensible, que todos o casi todos tenemos, es lo cierto que en las grandes reuniones basta que alguno pronuncie palabras de justicia y de bondad para que los demás aplaudan. Por un momento todos se creen seres nobles, excelentes; en realidad puede que lo sean. Pero se separan, se marcha cada uno a su casa y aquella cuerda delicada deja de vibrar y vuelven a sonar otras muy distintas, la de la vanidad, la de la envidia, la de la crueldad.

—Quizá tengas razón: no está mal observado lo que me acabas de decir. Sin embargo, en este caso hay circunstancias que desvirtúan tu observación, mejor dicho, que se oponen a ella. Sixto es un hombre tan respetado y admirado en Madrid a la hora presente, que su nombre basta para protegerte y te serviría de escudo contra cualquier humillación.

—¡Qué inocente eres, Angelito! Precisamente el nombre y el prestigio de Sixto atraería sobre mi cabeza todas las humillaciones posibles. Parece mentira que no sepas por experiencia que lo más difícil de hacerse perdonar en el mundo es la superioridad de la inteligencia. ¿No has visto las fieras? El domador se impone, se hace respetar; pero es a la fuerza y por el temor. Las fieras rugen de cólera y al menor descuido se arrojan sobre él y le clavan los dientes. Esto mismo pasa con el hombre de genio en nuestra sociedad: se le respeta, se le adula, pero siempre de mal grado y espiando con afán la ocasión de poder tirarle un zarpazo. ¡Cuántos le tirarían a mi querido Sixto, con qué placer aprovecharían la ocasión de humillarle si se atreviese a presentarse en público conmigo!... Es decir, él sí se atreve y me lo ha suplicado muchas veces, pero yo me niego y me negaré siempre, porque antes de exponerle a la más leve molestia me dejaría despedazar resueltamente.

No insistí mucho tiempo porque le daba la razón en el fondo de mi alma.

Así continuaron viviendo tranquilos, gozando de una íntima y envidiable felicidad, que aún vino a acrecerse con el nacimiento de una niña. Sixto estaba loco de alegría; Natalia dejaba traslucir en su rostro la dicha más pura. Yo apenas era menos feliz que ellos. Aquella niña, que se parecía asombrosamente a su madre y se llamó como ella, fué nuestro dulce recreo: pasábamos los tres largos ratos espiando sus progresos con embeleso; cuando empezó a dar los primeros pasos, yo fuí su maestro paciente y asiduo; cuando empezó a balbucear las primeras palabras, también me puse al frente del curso de filología. De tal suerte, que la pequeña Natalia apenas hacía diferencia entre su mamá, su papá y yo: a todos nos quería por igual.