Pero he aquí que cuando contaba ya poco más de un año y correteaba por la casa sin necesidad de ayuda y pronunciaba con mediana corrección hasta docena y media de palabras comencé a observar con inquietud un cambio en el carácter de su madre. Se hizo más seria, la encontré más triste. Ella, cuyas carcajadas fluían de su boca tan frescas y espontáneas que provocaban en cuantos la escuchaban la gana de seguirle el humor, rara vez nos las dejaba oír: le agradaba estar sola; aun de mí parecía retraerse: a menudo observé en sus ojos señales de haber llorado.
Sixto observaba como yo y con mayor pena, como era natural, tales modificaciones, pero se abstenía de comunicarme sus inquietudes. Aparentaba no darles importancia. Si con tal motivo había tenido con ella alguna explicación yo no lo supe. Una vez me dijo, sin embargo, que Natalia sufría del sistema nervioso, que acaso estuviese débil y que desde luego no le convenía seguir lactando a la niña. En efecto, dejó de hacerlo, lo cual no causó a ésta quebranto alguno porque ya tenía quince meses. La madre tomó algunos tónicos; pero su tristeza y decaimiento, a pesar de todo, fueron en aumento. Yo sospechaba algo de su causa, pero no me atreví a insinuarlo a Sixto. Al fin, éste se espontaneó un día conmigo.
—Pienso, Jiménez, que la enfermedad de Natalia es de naturaleza psíquica y pienso también que no radica en las facultades superiores de su espíritu, sino en el psiquismo inferior. Tú sabes que fué educada en un convento por monjas. En esa edad recibió inspiraciones religiosas, ideas de perfección, anhelos místicos que se fueron depositando en su cerebro y quedaron almacenados en aquella región donde, según los psicólogos, se localiza nuestra actividad inconsciente. Dormidos por largo tiempo, cualquier incidente, que yo ignoro, ha venido a despertarlos, se alzaron con nuevo vigor, hicieron irrupción en su actividad consciente y la trastornaron por completo. Mi tarea (y espero que tú me ayudarás en ella) es contrarrestar esos impulsos ciegos que parten del lugar oscuro donde se alojan los escrúpulos. Natalia es una mujer sensata y si se la hace ver la vanidad de ellos su razón volverá a recobrar el imperio que ha perdido.
—Querido Sixto—le respondí con un poco de amargura—, esa explicación que acabas de dar es, en efecto, la más flamante, la de última hora, la que está a la moda entre los sabios en estos momentos. Pero mañana vendrá otra, y después otra... Y a pesar de todo, tratándose de la vida del alma, el misterio se alzará siempre delante de nosotros como un muro infranqueable.
—Pero ésta es la explicación más natural.
—Para mí nada hay natural en este mundo; todo es sobrenatural, porque todo es incomprensible. ¿Qué es esa actividad inconsciente? ¿Qué es la actividad consciente? ¿Dónde está el lazo que las une? Nuestra alma, una e indivisible, existe siempre. Lo que hay es que muchos la ignoran, viven cerca de ella como al lado de un ser extraño sin conocerla. Pero los vaivenes incesantes de la vida les sacuden un día con más rudeza; la muerte de un ser querido, una enfermedad peligrosa, una separación, una lectura, un espectáculo... Y de repente el alma despliega sus alas, las bate sobre ellos y les grita: «¡Aquí estoy! ¡aquí estoy!...» Por el contrario, otros viven cerca de ella en íntimo consorcio, son seres buenos, amables, virtuosos... Pero en un instante aciago cometen una acción reprobable, hieren, desgarran aquella misma alma con la cual vivían dulcemente unidos y entonces ésta se retira, gimiendo, al fondo más obscuro y misterioso de su sér.
—¿Qué quieres decir con eso?—profirió alzando vivamente la cabeza y mirándome con ojos irritados.
Yo comprendí inmediatamente mi indiscreción. Me apresuré a tranquilizarle. La dolencia de Natalia, aunque tuviese una procedencia psíquica, no había duda que radicaba en un estado momentáneo de debilidad.
¿No había duda? ¡Ay! para mí sí la había.
Moro bajó la cabeza nuevamente y permaneció un rato silencioso; después profirió sordamente: