—De todos modos, mi corazón está triste, muy triste, y vivo agitado por negros presentimientos.
Hice lo posible por disiparlos, aunque yo participara abundantemente de ellos y no pudiese menos de pensar que la felicidad de aquellos dos seres para mí tan queridos había concluído.
«La alegría que proviene de que imaginemos que el objeto aborrecido ha sido destruído o alterado de algún modo, no viene jamás sin mezcla de tristeza.»
Una vez más este sublime teorema de Spinosa quedó demostrado en el corazón de un sér humano. Sixto me confió más adelante cómo se fué desarrollando. Aquellas fatales Euménides que atormentaron a Orestes después del asesinato de su madre vinieron también tumultuosas, aullantes, con la pupila sangrienta, agitando en sus manos el látigo, a torturar el alma de Natalia. Orestes, al sacrificar a Clitemnestra para vengar el asesinato de su padre, había obedecido las órdenes del dios Apolo, pero ella sólo había obedecido al odio y este dios infernal jamás deja una rama de olivo en las almas por donde pasa.
Comenzó por una vaga tristeza que se iba mezclando a los placeres de su vida, una secreta amargura que los envenenaba todos. Nada se representaba en los primeros tiempos: sólo le acometía repentinamente en los momentos álgidos de diversión y alegría. Por eso se retrajo obstinadamente del teatro y de todo otro recreo, encerrándose exclusivamente en la vida de familia, en el amor de Sixto y de su hija, donde se veía segura y pensaba estarlo para siempre. Pero aquellas implacables sacerdotisas del Destino, olfateando su presa no tardaron en seguirla allí también. Su tristeza se fué acentuando; se hizo profunda, mezclándose hasta en las caricias de su hija. Y una voz de lo profundo comenzó a argumentar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»
Sus noches eran agitadas. En el lecho, en los momentos que preceden al sueño se le aparecían repentinamente cabezas gesticulantes haciéndole muecas espantosas, escuchaba voces estridentes. Se estremecía, dejaba escapar un grito que asustaba a Sixto ya dormido y después permanecía largas horas despierta sin poder conciliar el sueño. Con esto su salud descaecía a ojos vistas; empezó a sufrir del estómago y las consultas y remedios con que Sixto pretendió atajar la enfermedad sirvieron de muy poco.
Una cosa la trastornaba profundamente: la presencia de un ciego. Cuando la casualidad le deparaba alguno en sus paseos se la veía ponerse pálida, la voz se le alteraba y no acertaba a coordinar sus palabras. Moro procuraba llevarla por sitios donde no tropezase con ninguno. Inútilmente: la fatalidad se los presentaba siempre delante. Entonces se fué encerrando más y más en casa y Moro ya no insistió mucho en hacerla salir.
Afligido hasta lo más hondo de su alma y no sabiendo ya qué remedio poner a aquel estado de cosas que acibaraba su existencia y amenazaba concluir con la de Natalia, ideó y llevó a cabo prontamente el alquilar una casita en las afueras de Madrid, en pleno campo ya. El sitio era de lo más ameno que podía verse en los alrededores de la capital, donde ciertamente no abundan las bellas perspectivas. La casa, en forma de chalet, tenía un jardín poblado de árboles, regado por un fresco arroyo; había un rústico cenador guarnecido de jazmín y madreselva; en fin, la casa misma era de reciente construcción y, aunque pequeñita, ofrecía comodidad y aspecto risueño.
Natalia se trasladó allí con la niña y la servidumbre necesaria. Sixto pasaba el día en su bufete, comía en un restaurán y venía a cenar y dormir en el chalet. Nada logró, sin embargo, con aquel sacrificio. Allí también, en aquel dulce, lejano retiro, vinieron pronto aullando las crueles Euménides a perseguir a su víctima. Aquellas perras vengadoras, como las llama el poeta, giraban en torno suyo repitiendo sin cesar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»
Recuerdo que un domingo después de almorzar con ellos salimos al jardín para tomar café. Nos sentamos a una mesa rústica. La tarde de primavera era tibia, el cielo estaba limpio de nubes: frente a nosotros, allá en los confines del horizonte, se extendía la crestería del Guadarrama envuelta en un vapor azulado. Reinaba la alegría en todo aquel campo que el sol matizaba; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; las notas de un pianillo lejano llegaban a nuestros oídos, mezcladas con los gritos de alegría de unos niños que jugaban en un jardín vecino. Yo me sentía impresionado tan gratamente por aquella escena campestre, que olvidaba completamente los motivos tristes por los cuales allí estábamos reunidos, gozaba de su encanto y juzgaba felices a mis amigos. De pronto, Natalia se inclinó a mi oído y me dijo en voz baja: