—Qué feo es todo esto, ¿verdad, Angel?
Yo levanté la cabeza estupefacto.
—¿Qué estás diciendo, Natalia? Este es uno de los sitios más alegres que he visto en mi vida.
—Yo lo encuentro horrible—repuso ella con un suspiro, bajando la cabeza.
Quedé consternado y no pude menos de dirigir una mirada de compasión a Sixto, que se hallaba en aquel momento distraído arreglando las flores de una maceta. ¡Pobre amigo mío!
Transcurridos algunos días después de esto, entró Sixto en su despacho una tarde después de haber estado ausente algunas horas. El criado le dijo que la señorita había estado allí hacía poco. Quedó sorprendido de que no le esperase para irse juntos. Impulsado por un vago presentimiento, se dirigió a su mesa de noche, abrió el cajón y quedó yerto al observar que faltaba un pequeño revólver que allí estaba siempre. Natalia no había venido desde su instalación en el chalet; tampoco se lo había anunciado aquella mañana al despedirse. Tembloroso y acongojado pidió de nuevo el coche, aunque todavía no era la hora en que acostumbraba a trasladarse al chalet, y ordenó al cochero que partiese a toda velocidad.
La noche estaba cerrando. Un poco antes de llegar a la casita, Sixto hizo parar y despidió el coche. Se acercó jadeante a la puerta del jardín y lo inspeccionó con ojos ansiosos. La calma volvió a su corazón cuando vió blanquear entre los árboles la figura de Natalia. Estaba sola, sentada en una butaca de mimbre y se hallaba inmóvil y profundamente absorta en sus pensamientos. No sintió abrirse la puerta enrejada de hierro y Moro pudo avanzar sin ser notado. Cuando al cabo percibió sus pasos levantó vivamente la cabeza y en sus ojos se pintó un espanto singular; pero inmediatamente hizo un esfuerzo para sonreír, se alzó con presteza y le echó los brazos al cuello como tenía por costumbre.
—Hoy has venido más temprano. ¿Y el coche?
—Como la tarde estaba apacible y me hallaba mareado quise venir a pie y refrescar un poco la cabeza.
—Sí; trabajas demasiado y te hace falta un poco de reposo y del aire puro que a mí me prodigas en demasía. ¿Por qué afanarse tanto, Sixto? Yo sé que en medio de tus pesados trabajos no piensas más que en tu hija y en mí, pero nosotras seríamos tan felices viviendo contigo más humildemente, aunque fuese en una choza donde reinase la paz... ¡La paz, sí!—añadió con un dejo de amargura que no pasó inadvertido para Moro.