Este guardó silencio unos instantes. Después, besándola en las sienes, le dijo al oído muy quedo:
—Devuélveme el revólver que guardas en el bolsillo.
Natalia se estremeció y comenzó a temblar tan fuertemente, que se escuchaba el castañeteo de sus dientes. Dejó caer la cabeza sobre el pecho de su amante exclamando:
—¡Perdón! ¡Perdón!... ¡Tú no sabes lo desgraciada que soy!
—Sí lo sé, Natalia mía... ¡lo sé demasiado bien! En cambio, tú ignoras que yo soy mucho más desgraciado que tú; ignoras que mi corazón no late en este mundo por nadie ni por nada más que para ti y que la tristeza de tu alma se propaga a la mía y aquí se ensancha y crece como una bola de nieve que rueda al abismo. Es necesario terminar. Quiero romper esta malla de acero que nos oprime; quiero salir de las tinieblas y volver a la luz. Estás enferma; pero, aunque te obstines en creerlo, tu enfermedad no radica solamente en el espíritu. Nuestras ideas tienen, en efecto, un poder indiscutible sobre nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo envenena también a menudo nuestras ideas. El tuyo se ha debilitado. Cuando otra vez se fortalezca, cuando otra vez una sangre rica y generosa corra por tus venas, entonces esos negros fantasmas que te cercan se desvanecerán como la bruma de la noche a los primeros rayos del sol y la alegría volverá a reinar en tu alma, esa alegría pura, infantil, por donde me he asomado siempre a la transparencia de tu alma. Terminemos de una vez. Huyamos, Natalia, huyamos de estos sitios, de este horizonte donde se espesan las nubes y busquemos otro cielo diáfano, una isla donde puedas olvidar la tormenta pasada. Yo renuncio a mi porvenir, renuncio a mi ambición y a mi trabajo. Tengo el suficiente dinero para vivir tres o cuatro años sin privarnos de ninguna de las comodidades que ahora disfrutamos. Después, Dios me abrirá de nuevo camino.
—No, Sixto mío, tú no puedes renunciar al porvenir de gloria que se alza delante de tus ojos por una pobre mujer a quien imágenes y sueños siniestros enloquecen. Eres grande ya como muy pocos, cabalgas sobre la muchedumbre y nadie duda que serás su amo y la guiarás hacia el norte o hacia el sur, donde te plazca; los próceres se inclinan ya a tu paso, el pueblo te aclama como su redentor y una atmósfera de amor y de respeto envuelve tu persona y la defiende contra las asechanzas de la envidia. No. Sixto mío, yo quisiera ser alfombra para tus pies, no cadena. Sigue tu camino glorioso y deja que esta pobre mujer se extinga tristemente como ha vivido hasta que tú le tendiste una mano generosa.
—¿Es que no sabes, Natalia, que tu muerte sería la mía? ¿Aun no he podido persuadirte de que mi destino se halla unido a tu felicidad y que si ésta perece mis ilusiones y mi existencia misma se irían a pique?
Un rayo de alegría brilló en los ojos de Natalia.
—Pero tienes una hija para la cual debes vivir.
—Mi hija necesita aun más de ti que de mí... No hablemos de morir, Natalia; la flor de la juventud todavía no se ha marchitado en tus mejillas; yo siento en mi corazón hervir la savia de la vida; ninguna herida mortal llevamos en el pecho. Las ideas son humo y se disipan con un soplo. Si tú no puedes combatirlas y vencerlas, yo te las arrancaré a viva fuerza. Mañana mismo huiremos de España y a las pocas horas nuevos paisajes se desarrollarán delante de tus ojos y en tus oídos sonará otro idioma diferente que te hará olvidar estos sitios para ti aborrecidos.