—¡Oh, no sabes el bien que me haces con tus palabras! Cuando te escucho me siento revivir como un pobre pez sacado del agua y vuelto a ella a los pocos minutos. Tú eres mi escudo, tú eres mi defensa, no sólo contra el mundo, sino contra mí misma... Pero ese sacrificio que intentas hacer por mí, lejos de dar la calma a mi corazón, traería sobre él nuevas tristezas...

Moro insistió con todas sus fuerzas; ella resistió con igual obstinación; hablaron, discutieron mucho aquella noche. Al fin vino una transacción: convinieron en que no se expatriarían, sino que saldrían de Madrid para las montañas del Norte, donde esperaban que con una vida absolutamente campestre y una alimentación más sencilla se calmaría la excitación nerviosa de Natalia. Moro iría con ella, la instalaría y no la dejaría en tanto que no la viese aliviada.

Justamente hacía pocos días que Moro había ganado un pleito de enorme importancia a cierto marqués que poseía un viejo palacio en plena montaña próximo a la villa de R..., en la provincia de Santander. Moro se lo pidió en alquiler: el marqués se lo cedió gratuitamente; aquella misma tarde, hechos apresuradamente los preparativos de viaje, salieron de Madrid llevando consigo a su niña, la cocinera y una doncella.

El palacio montañés era una antigua casa solariega de piedra amarillenta y carcomida, situada en el paraje más bello y pintoresco que puede imaginarse. Ocupaba la parte más elevada de una pequeña aldea de quince o veinte vecinos, a tres kilómetros de la villa de R... en el corazón mismo de la sierra que separa la provincia de Santander de las llanuras de Castilla. La planta baja estaba habitada por un casero que llevaba en arrendamiento las tierras y praderas que la circundaban; el piso alto, reservado para el marqués cuando viniese, que no venía nunca; era un viejo solterón enamorado de la vida placentera de Madrid; sólo en su juventud iba alguna vez a cazar por aquellos sitios.

Como Sixto pudo cerciorarse inmediatamente, no ofrecía comodidad alguna: los muebles eran viejos, los pisos estaban deteriorados, las paredes con grietas, las puertas no encajaban, algunos cristales rotos y todos polvorientos y sucios.

Sin embargo, por caso extraño, Natalia encontró todo aquello agradable desde el primer día y comenzó alegremente a dar disposiciones para el arreglo y a tomar ella misma en él parte activa. Y cuando a la mañana siguiente de llegar se asomó al viejo corredor de madera y derramó su vista por aquel grandioso panorama, una emoción profunda se pintó en su rostro. Permaneció inmóvil en muda admiración largo rato dejando que la hermosura de aquella naturaleza incomparable entrase como una ola en su alma y la refrescase. No mucho tiempo después, percibiendo en el patio un pozo, se fué a él y comenzó a sacar agua tirando de la cuerda con tanto ahinco, que sus mejillas se tiñeron al instante de carmín. Cuando levantó sus ojos a Sixto, expresaban tan pura, inocente felicidad, que éste sintió dilatarse su corazón y no pudo menos de decirse: «Hemos acertado; aquí se curará.»

Fueron a Santander; trajeron de allí ropa y algunos objetos indispensables, no muchos, porque Natalia se obstinaba en vivir de la manera más rústica posible; se pasearon algunos días por los contornos admirando aquellos encantados lugares. Era un anfiteatro de montañas cuyas crestas aún se hallaban nevadas; algunos pueblecillos aparecían como colgados en los repliegues de ellas, medio ocultos entre el follaje de robles y castaños; torrentes espumosos, praderas esmaltadas de florecillas blancas y amarillas, ganados pastando sobre ellas, cencerreo de esquilas, balidos de ovejas, mugidos de vacas; todo este conjunto pastoril tenía hechizada a Natalia.

—Mira, puedes irte cuando quieras—dijo a Sixto a los tres o cuatro días—. Estoy curada por completo.

—¿De modo que pasarás aquí el verano sin inconveniente?

—¡Y toda la vida!