Moro soltó una carcajada.
—Bien, pues, te vestirás de pastorcita, te compraré un rebaño de ovejas, te regalaré un cayado adornado con lazos; yo me calzaré las abarcas, compraré algunos bueyes, aprenderé a tocar la flauta y representaremos aquí una vez más el idilio de Dafnis y Cloe.
—No, tú tienes que trabajar mucho en aquellas tierras tristes, pobrecito, para que comamos nosotras. Me contento con que vengas a vernos cada mes y nosotras te daremos de una vez todos los besos que debiéramos darte en los treinta días que has estado ausente.
En efecto, Moro se fué a los ocho días después de haberlas dejado instaladas lo más cómodamente posible; marchó loco de alegría prometiendo escribir todos los días y haciendo prometer a Natalia lo mismo.
Ésta revivía en aquella atmósfera saludable, se entregaba a todas las ocupaciones de una perfecta aldeana. Trabó relación estrecha con los caseros del marqués y éstos le proporcionaron los medios de hacer la vida rústica que tanto apetecía. Lavaba la ropa en los arroyos y se descalzaba para llevar a cabo esta tarea, aprendió a amasar la harina y a cocer el pan, corría por los alrededores rebuscando leña para el fuego, apacentaba el ganado con las hijas del colono, y hasta se empeñó en que éstas le enseñasen a ordeñar las vacas. ¡Cuán dichosa fué en aquellos días!
Delante de la casa y cercada por una vieja pared deteriorada había una gran corraliza donde la pequeña Natalia, o Lalita como todos la llamaban, correteaba con los niños del colono, que eran muchos. Natalia se complacía en darles de merendar, en fabricar para ellos golosinas y en hacerlas traer de R... Allí se reunían no sólo los chicos de la casa, sino casi todos los de la aldea y Natalia jugaba con ellos como si hubiera vuelto a los catorce años. Y en realidad su espíritu jamás había pasado de esta edad, aunque las penas la hubiesen envejecido. Volvieron a sonar aquellas frescas carcajadas, volvieron los mimos y los caprichos infantiles, volvieron aquellas fugaces y graciosas cóleras que tanto hacían reír a Sixto. Alguna vez le decía besándola paternalmente en la frente: «Niña te he conocido, niña eres y niña morirás aunque llegues a los noventa años.»
Un día, veinte después de la partida de Moro, a Natalia, que sólo paseaba por los alrededores en compañía de su niña, se le ocurrió hacer una excursión más larga: quería ir hasta una aldehuela que se veía allá a lo lejos como un nido de palomas posado en la falda de la montaña. Le dijeron que estaba más lejos de lo que parecía, que era necesario caminar muchas vueltas y que se fatigaría seguramente. No quiso atender a ningún reparo; se vistió una falda corta de alpinista, se puso unas botas fuertes y altas, tomó un cayado y después de almorzar se lanzó alegremente a su caprichosa excursión dejando bien recomendada a su hija, no sólo a la doncella, sino a la mujer del casero.
Anduvo cerca de dos horas por trochas y senderos unas veces, otras por angostas callejuelas guarnecidas de zarzamora gozando de la frescura de la montaña y del aroma embriagador de las praderas. Marchaba enajenada, dichosa, sin pensar en nada, dormida en ese estupor delicioso que nos causa la hermosura de la Naturaleza. De pronto, al doblar un repliegue del terreno, se encontró frente a una iglesia. Era pequeñita, rústica, con exiguo campanario de espadaña y un pórtico sostenido por viejas columnas de madera. Estaba aislada y sumergida en un bosquecillo de añosos árboles ya vestidos de follaje con la llegada de la primavera. Era, a no dudarlo, la iglesia de la aldea que iba a visitar. Aquella en que Natalia habitaba no tenía iglesia: pertenecía como parroquia a la villa de R... adonde los vecinos iban a misa los domingos.
Quedó repentinamente inmóvil; la miró largo rato pensativa. Desde su proceso no había vuelto a poner los pies en un templo. Cada vez que pasaba por delante de alguno en Madrid experimentaba un sentimiento de confusión que le obligaba a volver los ojos a otro lado. Sin embargo, en dos ocasiones intentó penetrar en una iglesia: las dos veces hubo de retroceder desde la puerta, porque sintió la impresión de una mano invisible que se apoyaba en su pecho y la empujaba hacia atrás. Desde entonces no volvió a intentarlo. Tampoco oraba ya en su casa: sus rodillas se negaban a doblarse como si fuesen de acero; sus labios no podían articular una sola plegaria.
Ahora quedó inmóvil, como dije, y así permaneció por largo espacio en intensa contemplación. ¿Qué pasó por su mente en aquellos instantes? Muchos y graves pensamientos sin duda. Lo cierto es que tomando al cabo una resolución avanzó hasta la puerta, que se hallaba entornada, la abrió y penetró en la iglesia. Con inefable sentimiento de alegría advirtió que aquella temerosa mano que en las dos ocasiones anteriores le había expulsado del templo no vino ahora a apoyarse sobre su pecho.