Avanzó con decisión. La iglesita, completamente solitaria, inspiraba dulce y melancólico recogimiento; el silencio era absoluto; la luz, cernida por los cristales polvorientos de altos ventanos, esfumaba todos los objetos; allá en el fondo una lámpara de metal colgada con cadena del techo ardía delante del altar mayor esparciendo tenue claridad en torno.

Natalia tardó algún tiempo en ver claro. Al fin, a su derecha percibió un altarcito, se acercó y vió sobre él la imagen de San José. Era su santo más venerado, el santo que en más de un instante aciago la había salvado de la desesperación. Se dejó caer de rodillas ante aquella bendita imagen y plegando las manos le dirigió una ferviente oración. Mas ¡oh prodigio! al alzar sus ojos a la imagen vió con horror que los de ésta se cerraban. Se puso en pie vivamente, la miró con ansiosa atención: los ojos de la imagen continuaron cerrados. Un escalofrío corrió por su cuerpo; toda su sangre fluyó al corazón. Miró en torno suyo con espanto y percibiendo a su izquierda un gran crucifijo ensangrentado se fué a postrar delante de él. Cristo crucificado cerró también los ojos.

Una angustia indescriptible se apoderó de ella; pensó que en aquel momento iba a expirar. Se puso en pie de nuevo; se ahogaba; quiso salir del templo. Sus ojos aterrados tropezaron al fin con la imagen de la Virgen sobre otro altar humilde. La Madre de Dios extendía sus brazos representando la ternura y el perdón. Corrió hacia ella y postrándose profirió acongojada: «¡Madre mía, sálvame!»

La Virgen sagrada cerró los ojos. Natalia dejó escapar un grito de espanto; se lanzó a la puerta como una loca. Luego se dió a correr por los campos en furiosa carrera. Cuando llegó a casa cayó rendida sobre su lecho y fué acometida de una violenta fiebre. Las fatales Euménides que habían perdido su pista, volvieron a encontrarla aquella noche. Con los ojos inyectados de sangre, la cabeza erizada de serpientes y las manos armadas de látigos hicieron irrupción en la región montañosa y de nuevo volvieron a torturar a su desgraciada víctima.

—Señorita, he enviado a un chico a llamar al médico. Pero es necesario avisar también al señorito—le dijo su doncella a la mañana siguiente.

—No te apures, Elvira. Estoy mejor. El señorito debe de llegar dentro de pocos días y sería proporcionarle un disgusto inútilmente.

El médico de R... no dió importancia a aquella fiebre producida según él por la fatiga; recetó un calmante y la ordenó permanecer en la cama.

En efecto, la fiebre desapareció; pero Natalia quedó en un estado de languidez alarmante. Se levantó de la cama a los dos días, deshecha como si hubiera permanecido quince; perdió el apetito; no quiso salir de casa; pasaba las horas reclinada en una butaca, con los ojos muy abiertos en un estado de estupor del cual apenas lograban arrancarla momentáneamente las gracias infantiles de su hija.

Una tarde se hallaba de este modo reclinada e inmóvil emboscada en sus meditaciones ansiosas. Acababa de mirarse al espejo y se decía con mortal tristeza: «¡Dios mío, qué cambiada estoy! ¡Pobre Sixto, qué disgusto va a recibir cuando llegue!» Sentía más el dolor de aquel sér tan querido que el suyo propio.

De pronto llegaron a sus oídos los sonidos de un violín. Su cuerpo se estremeció como si una intensa corriente eléctrica le hubiese atravesado; quedó rígida como un cadáver; se alzó después, y lívida, desencajada, marchó tambaleándose hasta el balcón y lo abrió. Un ciego tocaba el violín allá abajo en la carretera rodeado de chiquillos. Una voz cantó: