Mal haya la ribera del Yumurí.
Natalia cayó al suelo privada de conocimiento. Su doncella, que se hallaba en la habitación contigua, sintió el golpe, entró apresuradamente en la estancia, la alzó del suelo, llamó en su auxilio a la casera y entre las dos lograron que recobrase el sentido. Lo primero que hizo fué lanzarse de nuevo al balcón. En la carretera ya no había nadie. Elvira pensó que aquel movimiento extraño obedecía aún al extravío; hizo lo posible por calmarla; trató de desnudarla para que se metiese en la cama, pero Natalia rehusó obstinadamente.
—Gracias a Dios que mañana llega el señorito, si no ahora mismo iba a R... a ponerle un telegrama.
Al fin no tuvo más remedio que acostarse: una fiebre altísima se declaró de nuevo. La doncella ordenó al colono que montase a caballo inmediatamente y fuese a buscar al médico.
—El médico, no; un sacerdote—profirió ansiosamente Natalia al escuchar la orden.
—¡Señorita!
—¡Un sacerdote!—repitió con energía la enferma.
—Pues que vengan los dos.
En efecto, poco más de una hora después llegaron en el carricoche del médico, éste y el párroco de R...
El médico no pudo nada. El sacerdote lo pudo todo. Después de una larga y fervorosa confesión, Natalia quedó tranquila, aunque en un estado de postración de mal agüero.