Moro debía llegar por la mañana. Fueron a esperarle a la estación el colono del marqués y un labrador vecino, los cuales le enteraron del estado de la señorita, aunque procurando atenuarlo ¡Qué golpe para el desgraciado! Montó tembloroso en el coche que le esperaba y en pocos minutos llegaron a la aldea. Entró pálido como un muerto en la habitación. Natalia le sonrió dulcemente.
—No te asustes. Esto no será nada.
Sin embargo, cuando quedaron solos le dijo besándole las manos:
—¡Me muero, Sixto; no hay remedio para mí!
Y le narró los fatales incidentes que habían provocado aquella terrible crisis. Moro quedó anonadado. Hizo telegrafiar a Santander para que de allí viniesen los dos mejores médicos. Llegaron éstos por la tarde, pero no lograron que la enferma reaccionase favorablemente. Se fué extinguiendo sin sacudidas, dulcemente, como una luz que se apaga.
Al amanecer llamó con voz débil a Sixto, que toda la noche la había velado.
—¡Adiós, Sixto mío!—le dijo tomándole una mano—. Después de muerta no me dejes aquí... Llévame a Madrid, donde puedas ir a visitarme y dejarme algunas flores de vez en cuando... Te entrego a mi hija... vela por ella. Si la das otra madre, cuida de que sea buena para ella. Que Dios te haga feliz como tú me has hecho... ¡Nadie, nadie te querrá como te ha querido Natalia!
Pocos minutos después expiraba aquella criatura tan noble y hermosa como desgraciada. Moro se abrazó estrechamente a sus restos inanimados y así estuvo largo tiempo hasta que él mismo cayó medio muerto al suelo.
—Se puede morir de remordimiento en este mundo—me decía algún tiempo después en Madrid—; pero no se muere de pena. Natalia ha sido un ejemplo de lo primero y yo de lo segundo.