Seis años más.

Las horas fugaces batiendo sus alas sobre la frente de mis amigos Sixto Moro y Pérez de Vargas habían dejado ya caer algunos leves copos de nieve. Yo mismo encontraba cada pocos días una nueva hebra de plata en mi cabellera lacia.

¡Dejadme de periodismo! Hacía ya tiempo que había escapado de esta sima donde se hunden y desaparecen los talentos más claros y las más nobles intenciones. Y sin embargo, no me pesa de haberle consagrado una parte considerable de mi vida. Los grandes escritores pueden ufanarse de atravesar montados en el corcel de su gloria las fronteras de la inmortalidad; pero el oscuro soldado debe morir satisfecho sobre el campo de batalla porque ha luchado para ennoblecer el alma de su patria. ¡Tejed coronas para esos pobres héroes anónimos de la literatura y reservad una hojita de laurel para mí, que he escrito muchos artículos combatiendo al ministerio!

Vivía la mayor parte del tiempo en mi pueblo, pero pasaba largas temporadas en Madrid. Durante ellas frecuentaba el trato de Moro y Pérez de Vargas, que no cesaban de darme pruebas de cariñosa amistad. La que a ellos les ligaba entre sí se había ido estrechando más y más en los últimos años, no sólo por la simpatía personal y la afinidad de ideas, sino por otra causa aún más eficaz. La hermosa señora de Pérez de Vargas se había encariñado tanto con la chiquita Natalia, que ésta vivía más tiempo en el palacio de aquél que en su propia casa. Me sentía hondamente impresionado al ver con qué ternura atenta trataban a la pobre huerfanita. No había en Madrid golosinas bastante delicadas para regalarla, ni juguetes costosos para divertirla. Si su desgraciada madre podía contemplarla desde el cielo, bien satisfecha estaría de aquellos nuevos amigos.

Estos amigos, espléndidos y caritativos, después de haber erigido escuelas y remediado muchas necesidades, acababan de alzar en una de las playas de Levante un Sanatorio de niños, tan completo y suntuoso, que ningún otro existía en España que pudiera comparársele. La señora, para dar aún más firme testimonio del afecto que profesaba a la hija de Moro, quiso que llevase el nombre de Natalia. Faltaba muy poco para quedar terminado. Comenzaba a hablarse de la inauguración y se hacían preparativos. Los fundadores querían que fuese solemne y tenían intención de llevar a varios significados amigos de Madrid.

En esta ocasión recibí una carta que me causó sorpresa y placer al mismo tiempo. Era de Bruno Mezquita, aquel estudiante andaluz magnetizador que había vivido conmigo en la famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas. Ninguna noticia directa había tenido de él hasta entonces. Sólo sabía por vagas referencias que era médico en uno de los pueblos de la provincia de Sevilla. El objeto de esta carta era solicitar mi influencia con el Conde del Malojal para que éste le nombrase director facultativo del Sanatorio que estaba construyendo en la provincia de Alicante. Deseaba salir del pueblo, donde hacía años ejercía su profesión, no solamente porque sus ganancias eran cortas, sino principalmente por ciertos desabrimientos que había tenido con algunos próceres de la comarca.

Como debe inferirse, le recomendé con mucha eficacia. Pude obtener que Pérez de Vargas se informase de su competencia por medio de sus compañeros de profesión. Estos informes resultaron muy satisfactorios y, por consiguiente pude darme el gusto de ofrecer a mi antiguo compañero la ambicionada plaza.

Una cosa me había llamado la atención en su carta, y es que al final me decía: «Mi mujer te envía muy afectuosos recuerdos.» Yo no conocía a su mujer. No pude menos de sonreír. ¡La exageración andaluza!

Transcurrieron algunos meses, y quedó fijado el día de la inauguración. Algunos antes fuí con el secretario de Pérez de Vargas al Sanatorio para arreglar ciertos extremos, avistarme con Mezquita y disponer los preparativos necesarios para recibir a las personas de calidad que habían de ir desde Madrid. Llegamos a Alicante y allí tuve el más famoso encuentro que cualquiera puede imaginarse.

Me hallaba solo en la habitación del hotel donde alojábamos cuando acerté a escuchar viva disputa en la contigua.