—Le digo a usted que es verdaderamente escandaloso hacerme pagar tres pesetas cincuenta céntimos por siete tazas de café cuando en todos los establecimientos de Alicante cuestan un real la taza y en Madrid mismo cuarenta céntimos.
Lo que respondía a esta alocución la persona a quien se dirigía no pude oírlo porque hablaba quedo; pero la voz irritada replicó:
—¡Sí, sí, ya conozco esos reglamentos! El primer artículo del reglamento de estas casas es dejar pelados a los viajeros... Y vamos a ver, ¿por qué no me descuenta en la nota el almuerzo de anteayer que no he hecho en el hotel?
Murmullo indescifrable por parte del otro interlocutor.
—Ya sé que se trata de una pensión, pero podía usted guardarme algunas consideraciones, y, puesto que me cobra usted el almuerzo, rebajarme la botella de agua de Mondariz que he pedido ayer.
Otro murmullo indescifrable.
—Sí, puede usted. Diga usted que no quiere. Vamos, amigo Don Paco, ya sabe usted que soy un buen cliente y que todos los años me tiene usted en su casa unas cuantas veces... Quedamos, pues, en que queda rebajada la botella, ¿verdad?
Aquella voz era para mí conocida, pero no podía recordar a quién pertenecía. Excitado por la curiosidad, salí al pasillo y me coloqué a la puerta de mi cuarto esperando que saliesen los interlocutores que había escuchado.
Salió primero el dueño de la fonda y algunos minutos después un caballero gordo que vestía chaqueta de paño grueso, botas de montar y sombrero ancho de fieltro, con un látigo en la mano, en cuyo rostro quise reconocer los rasgos fisonómicos de aquel amigo de mi juventud llamado Carlos de Jáuregui. Sin embargo, era tan grande la diferencia entre el joven pálido y flaco que yo había conocido y el hombrachón robusto y atezado que ahora veía, que no pude menos de rechazar la identidad. ¿Sería un hermano? Pero yo tenía entendido que era hijo único. Cuando ya se había alejado un poco se me ocurrió gritar:
—¡Carlos!