Se volvió rápidamente y entonces dije:
—¡Jáuregui!
—Servidor de usted—respondió avanzando hacia mí.
Me miró con los ojos muy abiertos y exclamó abriendo los brazos:
Nos abrazamos con efusión.
—No sé cómo diablos he podido reconocerte—le dije—. Eres otro hombre completamente distinto.
—¿Verdad? He cambiado muchísimo lo mismo física que moralmente desde que nos hemos separado.
—No lo dudo—repliqué recordando la sórdida discusión que acababa de oír—. Pero ¿vives en Alicante?
—No; vivo y he vivido siempre desde que salí de Madrid en mi finca de la Enjarada, a cinco leguas de aquí. Suelo venir a caballo porque tengo varios y me gusta la equitación. Me encuentras aquí por casualidad. Vengo a solventar ciertos asuntos y me voy esta misma tarde.