Como era natural, necesitábamos hablar mucho y para hacerlo a nuestro sabor me invitó a tomar una copita de cualquier cosa en el primer café que hallamos.
—Te estoy viendo y apenas puedo creer a mis ojos. No te pregunto, pues, cómo te va, porque tu rostro y la curva feliz de tu vientre lo declaran a gritos. ¿Tienes hijos?
—Nada más que doce—contestó riendo.
—¿Y Celedonia?
—Tan buena, gracias.
Quedó un instante suspenso y dijo al cabo sonriendo avergonzado:
—Bien os habréis reído de mi matrimonio, ¿no es cierto?
—¡Qué idea!
—Sin embargo, nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Mi mujer tiene un corazón de niña; es inocente, tierna, hacendosa, dispuesta siempre a sacrificarse por los demás; me quiere con toda su alma y me ha dado doce hijos hermosos y robustos... ¿Qué más puedo pedir?... Además, cuando me casé con ella estaba a punto de quedar arruinado y mi salud era tan miserable que hubiera muerto pronto tísico. Hoy me encuentro sano y vigoroso, he logrado salvar toda mi fortuna y aun he podido acrecentarla un poquito.
—De modo que hay que convenir en que Sócrates tenía razón al aconsejarte ese matrimonio.