Jáuregui soltó una carcajada.
—¡Oh Sócrates! No hablemos por Dios de esas ridiculeces. Hace ya mucho tiempo que estoy desengañado del espiritismo.
—¡Anda! Pues ya sois tres.
—¿Cómo tres?
—Sí; ya sois tres los amigos que se han desengañado. Pasarón ha muerto desengañado de la erudición. Pérez de Vargas vive, pero desengañado del socialismo, y ahora eres tú el que me dice que estás desengañado de los espíritus.
—He llegado a persuadirme de que todo lo que se refiere al espiritismo es pura prestidigitación. ¿Te acuerdas de aquellas célebres experiencias de materialización que te conté haber presenciado en París? Era una famosa medium americana llamada Miss Betteman que materializaba el espíritu de un doctor con una gran barba acompañado de su hija vestida de blanco. Pues bien, unos cuantos espectadores lograron al fin desenmascararla. A una señal convenida un espectador se apodera de Miss Betteman, otros dos sujetan las apariciones, otro, en fin, ilumina repentinamente la escena. Entonces se vió a la medium que trataba de zafarse de los brazos del espectador dando gritos agudos. Era ella misma que con gabán negro, una gran peluca y una barba postiza figuraba la aparición del doctor. La jovencita que acompañaba a éste no era más que un maniquí de donde colgaba un velo y que Miss Betteman sujetaba con la mano izquierda mientras con la derecha tiraba de una cuerda que correspondía a un aparato luminoso que permitía obtener las luces de colores diferentes que acompañaban a las apariciones. Después se han descubierto otros muchos fraudes como éste.
—Todo eso está bien—le repliqué—. ¿Pero y aquellas sesiones prolongadas que tú tenías con Sócrates y Pedro el Grande de Rusia?
Jáuregui volvió a reír con mejor gana aún.
—La cuestión de las mesas giratorias está resuelta, querido. Son los movimientos involuntarios e inconscientes del mismo experimentador lo que las hace girar. No hay en ello misterio alguno.
—Entonces, puesto que los espíritus no existen, bebamos a su salud—le dije chocando mi copa con la de él.