—¡Muera Sócrates! ¡Muera Pedro el Grande!—contestó riendo y vaciando la suya.
Todavía charlamos un rato. Al cabo decidimos salir porque a mi amigo le apuraba el tiempo para evacuar sus negocios y llamó al mozo.
—¿Cuánto es esto?
—Una peseta cincuenta.
—¿Tres reales cada copa de jerez? ¡Pero es horriblemente caro!
—Es jerez superior el que aquí servimos—replicó el mozo.
—Es un jerez vulgarísimo. Yo lo compro mucho mejor y no me sale a treinta céntimos la copa.
Yo me lancé a la puerta y Jáuregui me siguió refunfuñando y murmurando denuestos contra la avaricia de los cafeteros.
En la calle me suplicó, para estar más tiempo en mi compañía, que le acompañase a una zapatería donde tenía que comprar calzado para sus niños. Entramos, le presentaron un par de botinas y preguntó el precio.
—Doce pesetas.