Jáuregui dió un salto atrás y quiso chocar con la puerta de cristales.

—¡Pero ese es un precio absurdo tratándose de calzado para niño!

—Será absurdo, pero yo no puedo darlas por menos.

—Le doy a usted ocho pesetas por ellas.

—Si se las diese en ese precio perdería dinero.

—Es que si usted me las deja le tomaría unos cuantos pares.

—Cuantos más me tomase usted más perdería—replicó tranquilamente el zapatero.

Al fin salió de la tienda sin comprar nada y fuertemente irritado contra la avaricia de los zapateros.

Como no me divertían estas excursiones por los comercios y ya tenía bien comprobada aquella singular transformación de un carácter me despedí de él pretextando urgentes ocupaciones y le invité para la inauguración del Sanatorio que debía efectuarse en la próxima semana.

—No faltaré, Jiménez, por verte a ti otra vez y por tener el gusto de escuchar a Moro, a quien admiro de lejos. Leo sus discursos en las Cortes y me entusiasman.