—No dejes de traer también a tu mujer. Estáis invitados los dos. Pérez de Vargas me ha dado facultades para todo.
Le vi ponerse rojo. Quedó un instante suspenso y apretándome la mano con fuerza me dijo:
—Gracias, Jiménez. Eres el hombre bueno de siempre.
Esta emoción me probó que Jáuregui amaba a su esposa, lo cual me le hizo aún más estimable.
Pero al despedirse quise observar una nube de inquietud en sus ojos. No se necesitaba ser un psicólogo profundo, después de lo que acababa de observar, para penetrar lo que pasaba por su mente, y le dije:
—En el Sanatorio hay habitaciones preparadas para los invitados. Todos los gastos corren de cuenta de Pérez de Vargas.
Se disipó la nube. En sus ojos brilló de nuevo la alegría del cielo azul. Nos despedimos con toda cordialidad. Al estrechar su mano ruda y vigorosa con la mía no me cansaba de admirar el cambio radical que la vida campestre había operado en aquel hombre.
Por la tarde me trasladé en coche con el secretario de Martín a V..., donde nos esperaba Bruno Mezquita. No me costó trabajo reconocerle, a pesar de los veinte o más años transcurridos. Nos abrazamos estrechamente y me dió las gracias de nuevo con tan fervorosas palabras, que logró conmoverme.
—Mi mujer tiene unos deseos enormes de verte. Te recuerda tan bien, que muchas veces me cita ocurrencias tuyas que yo había olvidado.
—Pero ¿quién es tu mujer?—le pregunté yo entonces con asombro.