—¿Quién ha de ser?... ¡Lola!

—¿Qué Lola?

—Lolita, nuestra vecina de la calle de Carretas a quien tú has conocido como yo.

—Perdona, hijo, pero no sabía una palabra...

—¿De modo que no has recibido la carta en que te daba parte de mi matrimonio?

—Nada he recibido.

—¡Ya me lo parecía!—exclamó dándose una palmada en la frente—. ¡Cómo un caballero tan perfecto como tú había de dejar mi carta sin contestación! No conocía tus señas y te la dirigí al periódico del cual sabía que eras redactor.

—¡Oh los periódicos! Allí se pierden la mitad de las cartas.

Montamos en uno de los coches del sanatorio y durante el trayecto me informó minuciosamente de una porción de extremos interesantes. Lolita y Rosarito, nuestras vecinas, después de haber perdido a su madre en Madrid se habían trasladado a Sevilla al amparo de una tía que allí tenían. Su hermano se había ido a Cuba y allí estaba aún. Como Bruno se hallaba de médico en uno de los pueblos cercanos a Sevilla y venía con frecuencia a esta población tropezó un día en la calle con las dos hermanitas, se reconocieron, las fué a visitar, se anudaron nuevamente las antiguas relaciones y pocos meses después se casaba con Lolita. Su hermana Rosarito se había ido a vivir con ellos y allí se estuvo dos años hasta que se casó.

—¿Se casó Rosarito?—pregunté con mayor interés, por la simpatía que me inspiraba y el recuerdo de sus desgraciados amores con Pasarón.