—¿Tampoco sabes con quién?—me preguntó mirándome con asombro.
—Ya te he dicho que no he vuelto a tener noticia de esas chicas.
—Pues se casó con Pepito Albornoz.
—¿Nuestro compañero?
—El mismo. Verás: yo conservé siempre relación con Pepito y de vez en cuando nos escribíamos. Ha hecho una carrera brillante. Dejó pronto el servicio del Estado y se puso al frente de una Compañía constructora que le da un sueldo de cinco mil duros y una participación en las ganancias. Vino a Sevilla en cierta ocasión, le invité a pasar un día con nosotros en el pueblo. En vez de un día se quedó tres: le gustó mi cuñada Rosario (que entre paréntesis y como ya verás todavía es una real hembra), volvió después, se pusieron en relaciones y se casaron a escape. No tienen hijos y serían al cabo millonarios si no gastasen tanto. Pero viven a lo príncipe y se divierten como dos angelitos; viajecitos a Madrid y París, cuatro o cinco criados, buena mesa, etcétera, etcétera. En este momento se encuentran en Cartagena donde Pepito está construyendo un dique, pero me han prometido venir para el día de la inauguración y Rosario se quedará algunos días con nosotros.
Todas aquellas noticias me alegraron porque guardaba recuerdo muy grato de nuestras vecinitas de la buhardilla.
Cuando llegamos y penetramos en el lindo pabellón que Pérez de Vargas había hecho construír para el director y éste gritó desde el jardín: «¡Lolita, aquí tienes a Jiménez!, experimenté una terrible decepción. ¡Qué enorme diferencia! Aquella hermosa Lolita, fresca y pizpireta, era ya casi una vieja y apenas se veía rastro de su antigua belleza. Me acogió con ruidosa alegría. Su carácter vivaracho y juguetón era lo único que se había salvado de la ruina de sus atractivos.
Pasé dos días muy gratos con ellos. Marido y mujer me agasajaron a porfía. Tenían un niño y dos niñas encantadores. Parecían felices y experimenté la dulce satisfacción de haber contribuído un poco a su felicidad.
—¿Y que ha sido de tu primo Manuel?—le pregunté mientras cenábamos.
—Manolo vive en Sevilla.