—¿Ejerce la medicina?
—Jamás la ha ejercido. Desde que terminó la carrera comenzó a ayudar a su padre, que ya estaba enfermo, en el negocio del aceite y en este negocio continuó después de la muerte de aquél. Le va muy bien: tiene un bonito capital. ¿Quieres que le invite para la fiesta de la inauguración?
—¡Ya lo creo!... Pero ¿vendrá?
—No lo dudes. Nada hay que se lo impida. Es un solterón recalcitrante. Además, me consta que tiene grandes deseos de ver a Sixto Moro. ¡No sabes el tono que se da pregonando que es su amigo y compañero de juventud!
Después de dar cumplimiento a los encargos que Martín me había hecho volví a Madrid.
Pocos días después salía un tren especial conduciendo a Alicante hasta dos docenas de personas, entre las cuales se contaban periodistas, diputados y amigos íntimos de Pérez de Vargas. La pequeña Natalia, que había de ser la reina de la fiesta, iba con la Condesa del Malojal en un coche separado. Moro y yo, dejando el departamento de los hombres, pasamos largos ratos en su compañía.
Natalia se iba pareciendo cada día más a su madre. Grande, robusta, con tendencias a la obesidad, a los nueve años de edad parecía que tenía ya doce. Sus cabellos ondulados, su tez morena sonrosada, la franqueza y lealtad que se pintaba en sus grandes ojos negros, la resolución de sus ademanes y la graciosa impetuosidad de su genio, todo evocaba la figura inolvidable de aquella desgraciada amiga que tanto habíamos amado. Mientras jugábamos con ella en el coche llegó un instante en que hizo un gesto tan idéntico a los de su madre, que no pude menos de exclamar:
—¡Qué asombro! ¡Pero esto es Natalia que vuelve!
Moro se estremeció, sus mejillas se colorearon, sus labios temblaron y al fin dijo sordamente:
—¡Sí; mi desgracia se ha reducido a la mitad, pero era tan grande, que basta la mitad para ennegrecer mi vida!